martes, 30 de junio de 2015

REALIDADES DESLIZANTES


[Philip K. Dick, Fluyan mis lágrimas, dijo el policía, Booket,  2015, págs. 272]

Porque hoy vivimos en una sociedad donde los medios, los gobiernos, las grandes corporaciones, los grupos religiosos y los grupos políticos fabrican realidades espurias, y existe la tecnología electrónica mediante la cual infiltrar estos seudomundos directamente en la cabeza del lector, el espectador, el oyente...
Considero que la cuestión de definir lo que es real es un motivo importante, incluso vital. Y en alguna parte de eso está el otro motivo, la definición del humano auténtico. Porque el bombardeo de seudorrealidades comienza a producir humanos inauténticos muy rápidamente, humanos espurios, tan falsos como la información que los oprime por todas partes. Mis dos motivos son en realidad uno... Realidades falsas crearán humanos falsos. O humanos falsos generarán realidades falsas y entonces se las venderán a otros humanos, convirtiéndolos, al final, en falsificaciones de sí mismos…

-PHILIP K. DICK; “Cómo construir un universo que no se venga abajo dos días después (1978-1985)”-

John Dowland, compositor, laudista y cantante inglés, nunca habría adivinado que una de sus arias barrocas (“Fluyan mis lágrimas”) se convertiría cuatro siglos después en la obsesión de un escritor de tan prodigiosa imaginación y profética sensibilidad como Philip K. Dick. La obsesión musical llegó a tal punto que Dick no solo oía el aria cada vez que tenía ocasión sino que se la hacía escuchar a todo el que se prestara a sus misteriosos experimentos existenciales. Finalmente, el aria le sirvió para titular una de sus novelas más laureadas y, al mismo tiempo, más trascendentales para la vida y la creación de su autor.
El 17 de noviembre de 1971 la casa de Dick fue asaltada. En aquel momento Dick vivía uno de sus períodos más paranoicos. Creyó que Nixon y sus secuaces de la CIA y el FBI iban tras él. El asalto también tenía una explicación esotérica: acabar con los documentos en que pudiera haberse plasmado la demostración fáctica de que Jesucristo era un traficante de drogas místicas, alguien que proporcionaba sustancias psicodélicas a sectas afines y las difundía como forma de conocimiento superior, y que fue crucificado por todo lo que sabía sobre la cuestión (cf. La transmigración de Timothy Archer y, en general, la trilogía Valis).
Gracias a esta conspiración del azar, Dick se decidió a concluir, por fin, una novela que había comenzado a escribir años atrás como respuesta a la soledad tras el abandono de una de sus mujeres. En la novela se aludía a un psicótropo experimental que destruía la continuidad espaciotemporal del cerebro y sumía al consumidor en una experiencia caótica de deslizamiento entre mundos diferentes. Tratar de definir qué es lo real y someter a la vez la realidad a la prueba de estrés de sus múltiples posibilidades y bifurcaciones paradójicas era el designio de la ficción narrativa para Dick y la causa del intenso placer que producen sus alucinantes invenciones.


Al acabar la lectura de esta espléndida novela, es fácil entender qué atraía tanto a Dick en la escalofriante belleza del aria de Dowland: su portentosa comprensión del dolor de estar vivo y la tristeza infinita del destino humano. Mediante la inclusión de la letra del aria encabezando cada parte de Fluyan mis lágrimas, Dick quiso hacer ver a sus lectores que, más allá de su apariencia de ficción científica y distopía futura, se ocultaba una especulación de raíz metafísica sobre la condena o la salvación de la especie humana, la fe en un mundo mejor, la aguda conciencia del fin y la entropía del tiempo y de toda empresa u obra humana por valiosa que sea.
Anticipándose a teorías políticas posteriores, Dick se mostraba preocupado por el régimen totalitario que la burocracia estatal y la tecnología de control policial serían capaces de implantar a poco que tuvieran la oportunidad, así como por el poder mental de las ficciones mediáticas y los efectos nocivos de la disolución de la contracultura de los sesenta en el tejido corrupto de la sociedad de consumo.
Con la historia del famoso cantante y presentador televisivo Jason Taverner, que un día despierta en una América dictatorial, una suerte de gulag capitalista donde nadie lo conoce como persona, ni lo reconoce como estrella, Dick se enfrenta a un mundo caracterizado por la confusión de fronteras entre la vida real y las realidades espurias del espectáculo.
Al final de la novela, Dick recurre a una abstrusa explicación racional para justificar las alteraciones cronológicas de una trama alocada y dislocada que, en el fondo, revela otra de sus maníacas obsesiones: el perverso poder de los otros para deformar la realidad y absorbernos en sus peligrosas fantasías.

martes, 23 de junio de 2015

EL DISCRETO ENCANTO DE LA ALT LIT



[Noah Cicero, Pórtate bien, trad.: J. L. Amores, Pálido Fuego, 2015, págs. 222]

Me quedé allí pensando, mientras ella se comía las algas, que los escritores son todos unos hobbesianos tremendos. Puedes hacer cosas lockeanas con la gente: darles dinero, incentivos, beneficios, trofeos, pero eso no es más que poner queso delante del ratón. Sin embargo su naturaleza real es hobbesiana. Todos quieren que se les diga qué hacer, todos necesitan una motivación externa (el queso), no les preocupan los asuntos políticos, lo único que les importa son las mamadas, fumar maría y gilipolleces estúpidas. La mayoría de ellos ni siquiera saben de dónde vienen las carreteras y la electricidad. En cuanto se desata el caos empiezan a matarse entre sí…

-Noah Cicero-

Noah Cicero no es Harmony Korine. Y Pórtate bien, una suerte de manifiesto generacional disfrazado de crónica de una degeneración nacional, apenas comparte actitud con el nihilismo intransigente de Spring Breakers: un tratado de histeria revolucionaria destinado a toda clase de sujetos bipolares de ambos sexos y pacientes de otros síndromes aún sin diagnosticar, la respuesta desesperada a un estado de cosas tan banal como inaceptable.
Pese a sus notorias diferencias, Cicero comparte ciertas afinidades emocionales con Lena Dunham, creadora de la gran teleserie generacional femenina Girls. Cicero procede de una familia católica italoamericana de Ohio, tiene propensión a juzgar la vida desde una combinación paradójica de pasión filosófica y abulia existencial, sostiene posiciones políticas radicales y, como escritor de ficción, tiene un hambre de realidad insaciable, un voraz deseo libidinal de apropiarse de lo real y los signos de lo real que no le impide ser hilarante, cáustico y, al mismo tiempo, una de las voces más sinceras (si esto no significa un truco retórico, una impostura biográfica o un compromiso subjetivo con el artificio rentable de la identidad) de la literatura norteamericana más joven.
Cicero pertenece a una generación de treintañeros veteranos de todas las guerras urbanas que sobreviven sin escándalo entre las ruinas del sueño americano transfigurado en parque temático de la anomia y la amnesia. En medio del último desecho sintético del vertedero de todos los sueños democráticos y pesadillas clasistas engendrados por el imperio americano en su propio territorio. Una realidad social devastada sin contemplaciones por el neoliberalismo de mercado, la forma lógica de capitalismo más depredadora o desaprensiva que ha existido nunca en el planeta tierra.
Esa generación literaria, nacida entre 1980 y 1985, se identifica como estética bajo las ambiguas siglas Alt Lit: literatura alternativa o literatura del alt, en alusión a la tecla informática que permite modificar los menús del sistema y alternar programas. Así funciona esta literatura en el sistema programado de la realidad contemporánea: menudeando entre niveles, estableciendo conexiones imprevistas y enlaces de comunicación inexistentes. Entre sus representantes conspicuos, Tao Lin sería el más famoso y aburrido (de lectura) mientras Cicero sería lo bastante célebre, pese a todo, como para que no deje de sorprendernos su ingenio y brillantez al opinar a lo largo de la novela sobre política, psicología, sociedad, educación, economía, religión, sexo, drogas, historia, etc.
Ya solo por este compendio de digresiones sutiles y agudos comentarios merece leerse esta novela cómica organizada alrededor de una anécdota trivial: un alocado viaje a Nueva York del narrador Benny Baradat (el heterónimo aliterativo apenas encubre su identidad real, fichada por la policía de varios estados...) para participar en el reportaje de una prestigiosa revista cultural sobre un grupo de escritores jóvenes cuyas afinidades electivas se revelan, además, efectivas de cara a la publicidad y la fama pero no al dinero.


Los renovadores recientes de la novela americana (Wallace, Franzen, Lethem, Eggers) ya están instalados en el sistema literario como figuras reconocidas y domesticadas y sus artefactos narrativos se juzgan demasiado complejos o fastidiosos para una generación de licenciados universitarios que solo encuentra un horizonte laboral de trabajos basura encadenados como los (malos) rollos de una noche, las auto-fotos incesantes, los chats interminables, las borracheras rutinarias, la intimidad instantánea exhibida en redes sociales, las fiestas tediosas, los tuits de cotilleo, el sexo sin orgasmo, las largas madrugadas de hastío, los suicidios aplazados y los amaneceres sin sentido.
Durante un dialogo delirante en un restaurante asiático al final de una velada desquiciada, el narrador Baradat se reconoce partidario de la ironía descarnada como estilo de vida acreditado y confirma la pertenencia de sus colegas a la Generación Irónica: “La ironía es cuando tu culo le dice a tu cara que hay amor en el universo”. Este sarcástico aforismo de Cicero (una muestra reciclada de cinismo callejero a lo Bukowski) sintetiza la estética literaria y la ética peculiar de una generación desencantada, sin dramas sentimentales ni tragedias morales ni gestos grandilocuentes, aunque la ironía como recurso defensivo-agresivo contra las ofensas y agravios de la vida no sea exclusiva de su generación.
La vida es una comedia tan fugaz e insustancial como para tomarla demasiado en serio. Puro aburrimiento, como concluye Cicero esta irónica diatriba contra la decadente vida contemporánea y como cantaban las abúlicas hermanas Pierce no hace aún ni una década… 

martes, 16 de junio de 2015

TABÚ


 [Alissa Nutting, Las lecciones peligrosas, Anagrama, trad.: Cecilia Ceriani, 2015, págs. 322]

En homenaje a Molly Bloom que, como sabe todo el que ha leído su famoso monólogo, deseaba hacerle algo parecido al ingenuo Stephen Dedalus. Y a Nora Barnacle, modelo de Molly, que descubrió a Joyce el goce de la feminidad…


            Todo el que ha trabajado alguna vez en un centro educativo conoce la energía sexual que anima con su ardor la vida diaria de los estudiantes y todos los esfuerzos requeridos para mantenerla dentro de los cauces así llamados normales. La vibración libidinal de los adolescentes es el tema tabú de esta novela deslumbrante y perturbadora. Una ficción de maneras tan transgresoras que, de haberla escrito un hombre en primera persona del singular y no una mujer, quizá no se hubiera podido publicar.
Y no aludo con ello, en absoluto, a su veracidad biográfica sino al hecho de que la dicción narrativa es tan desinhibida y seductora que no se toleraría, en esta época de represiones disfrazadas de falso respeto, la edición de una novela donde se cuenta con pelos y señales la obsesión erótica, con todas las consecuencias, de una peculiar profesora de instituto por un alumno de catorce años.
Vivimos en la era más promiscua de la historia moderna, un tiempo tumultuoso en que todo el mundo participa, como nunca antes, en un festín social de intercambio basado en la entrega desaforada del cuerpo, los más sofisticados placeres sensuales y la exhibición obscena de la carne, y padecemos, sin embargo, una cultura represiva, infantilizada, hipócrita, donde se pone mordaza a las representaciones mayoritarias, o se relega las obras provocativas al infierno de los submundos artísticos.
Esta es una historia perversa y desenfadada a la vez. Una historia indecente narrada sin tapujos por una lengua femenina, vibrante y libérrima, que hace cómplice de sus deseos y escenarios al lector desprejuiciado. Ante ficciones impuras como esta es necesario dejarse de rodeos morales y retratarse abiertamente. Las lecciones peligrosas me ha forzado, mientras la leía, a experimentar la narración desde un sugestivo doble punto de vista. Para una lectora la experiencia quizá pueda ser bastante más turbadora e inquietante, se identifique o no con la expresión desiderativa de la narradora.
En cambio, para el lector que entre en el juego estratégico diseñado por Nutting, con tanta inteligencia como picardía, el equívoco libertino radica en permitirle asistir a la representación desde la perspectiva manipuladora de Celeste Price, la profesora fatal, excitarse con su ardor amoroso, compartiendo placeres aunque no comparta su voluptuosa fascinación por el objeto dominante de su deseo, mientras se proyecta en el alumno Jack Patrick para vivir la fantasía masculina preferida cuando se tiene esa edad inexperta, antes de los quince, y todo el cuerpo empieza a revolucionarse y hablar a gritos a los sentidos y a los órganos más sensibles a las incitaciones exteriores.
Nutting ha escrito una novela jugosa donde se reconoce el adolescente que todo adulto preserva bien escondido en su interior. Como reconoce la voz narrativa: “¿No era eso exactamente lo que deseaba todo adolescente heterosexual?”. El fantaseo masturbatorio del inmaduro de que una mujer joven y deseable se abra camino desnuda hasta la atmosfera irrespirable de su dormitorio con la intención de enseñarle esas lecciones imprescindibles que harán de él en el futuro un sujeto activo de su deseo y no un pobre desgraciado.
¿Y el deseo de ella, cómo interpretarlo? El escenario es provocativo y polémico: atractiva profesora veinteañera, casada con un policía vulgar, seduce a un alumno tímido y soñador para realizar el designio de su vida, atrapar con el sexo la esencia indefinible de un adolescente antes de que la mutación somática en curso lo transforme en un adulto musculado y convencional.
En Lolita, la novela del entomólogo aficionado y cazador de mariposas raras Vladimir Nabokov, el espécimen del deseo prohibido merecía un nombre poético: nínfula. En la era del porno expandido, el tiempo de esta audaz novela de Nutting, sobra la poesía.

miércoles, 10 de junio de 2015

HOUELLEBECQ ES UN SÍNTOMA



[Michel Houellebecq, Sumisión, Anagrama, trad.: Joan Riambau, 2015, págs. 281]


Solo la literatura puede daros esa sensación de contacto con otro espíritu humano, con la integridad de ese espíritu, sus debilidades y grandezas, sus limitaciones, sus pequeñeces, sus obsesiones, sus creencias; con todo lo que lo conmueve, interesa, excita o repugna. Solo la literatura puede permitiros entrar en contacto con el espíritu de un muerto, de manera más directa, completa y profunda que la conversación con un amigo –por más profunda y duradera que sea una amistad, nunca nos entregamos, en una conversación, tan completamente como lo hacemos ante una página vacía, dirigida a un destinatario desconocido…un autor es antes de nada un ser humano, presente en sus libros, que escriba muy bien o muy mal en definitiva importa poco, lo esencial es que escriba y que esté, efectivamente, presente en sus textos…De la misma manera un libro que amamos, es un libro del que amamos a su autor, a quien queremos conocer, con el que queremos pasar los días.

-M. H., Sumisión-

Il me semble clair que la plupart des questions- celle de l'école, de l'État, de l'environnement, mais tout aussi bien celle de la sexualité, de la culture, etc. - sont entièrement stérilisées si on les ramène au face à face figé de l'ancien et du nouveau, du ringard et du branché. Ce qu'il faut se demander plutôt, à chaque fois, c'est ce qui va dans le sens de la liberté, de la vitalité, de l'imagination, et ce qui va, à l'inverse, dans le sens de la soumission.

-Guy Scarpetta-

Toda sociedad tiene sus puntos débiles, sus heridas. Meted el dedo en la llaga y apretad bien fuerte.

-M. H.,“Golpear donde más duela”-


En mi novela Karnaval (Anagrama, 2012) ya supe intuir las inclinaciones religiosas latentes de Michel Houellebecq mostrándolo como alguien que acude día tras día a la catedral parisina de Notre-Dame en busca de una conversión que nunca se produce. A pesar de los atractivos que la profesión religiosa posee a sus ojos, su inteligencia analítica se resiste a claudicar y someterse a los imperativos de la razón teológica y abrazar sus consuelos metafísicos.
Tiene gracia, en este sentido, que Houellebecq haya salido ahora del armario del laicismo con esta novela protagonizada por un experto universitario en el gran escritor decimonónico Joris-Karl Huysmans, el esteta literario que acabó disipando la desolación moral causada en él por el triunfo del positivismo burgués y sus secuelas sociales y culturales mediante su conversión fulminante al catolicismo. Huysmans es para François, narrador protagonista de esta novela confesional, mucho más que una simple especialidad académica. Es un modelo ideológico y un identificador subjetivo, pese a la imposibilidad de convertirse, o de hallar alguna esperanza en la vida monástica, porque el momento histórico en que esto era aún pensable en la cultura occidental habría pasado fatalmente. De ahí el gran acierto de elegir ese punto de vista anímico para narrar, con neutralidad proverbial e indiferencia ética, la islamización virtual de una Francia del futuro inmediato.
Es obvio para cualquiera que, desde los tiempos burgueses e industriales de Huysmans, la decadencia europea no ha hecho sino agravarse, década tras década, guerra tras guerra. Enarbolando el fantasma islámico, el espectro siniestro que recorre el mundo real y sus aledaños mediáticos en el imaginario colectivo como un azote de fanatismo, violencia y sumisión creyente, el forense Houellebecq se limita a rubricar la muerte postergada de una Europa en pleno declive de valores religiosos y familiares y la derrota definitiva del humanismo ilustrado y sus ramificaciones socialdemócratas. Si el islam es en la novela un fermento de vida, una solución inesperada a la parálisis social, un simple flagelo antioccidental, o una pirueta dialéctica para restituir a la denostada sociedad patriarcal, contra feministas recalcitrantes y demás defensores de la indiferencia sexual, toda su fuerza comunitaria y su poder apaciguador de las tensiones íntimas, es una cuestión que me interesa menos que dilucidar el fondo libidinal de la cuestión palpitante que Houellebecq ataca con tanta pericia técnica para la provocación como inteligencia estratégica para el escamoteo de sus verdaderas motivaciones.


Al final, si el narrador se somete sin escándalo al islam es más por razones de insatisfacción sexual y descontento social que por motivos de fe. Entre la tentación populista del neofascismo identitario, la abulia democrática experimentada hasta el hastío en cada período electoral, la marginalidad progresiva de la izquierda y la claudicación a un islam moderado, como respuesta efectiva a la peligrosa quiebra del contrato social, el narrador no tarda en decidirse, como la mayoría de los franceses, en pro de la menos mala de las opciones propuestas a una libido democrática en estado afásico. Con categorías sospechosas, pero sin negrura ni pesimismo, Houellebecq retrata esa sumisión como rendición resignada del miembro más debilitado y enfermo al más fuerte y sano. Sin derramamiento de sangre, sin violencia excesiva: una aceptación de la superioridad de una civilización (la islámica) sobre otra (la cristiana).
Al novelista Houellebecq le interesa, por tanto, para terminar de cuadrar su juego dialéctico, que su perplejo personaje, un pánfilo universitario que sanciona con sus ridículos complejos sexuales la degradación de la vida intelectual francesa y europea, revele las claves reaccionarias de la bancarrota del orden patriarcal a través de un proceso interior que lo guíe al convencimiento de que la concentración de las mujeres desde muy temprana edad en el mundo doméstico y conyugal, apartadas de cualquier otra actividad laboral, supone una vía segura hacia la felicidad masculina, primero, y femenina, después. Un estilo de vida anticuado pero eficaz para ambos sexos, como la poligamia coránica. Una utopía viable, realista, pragmática, fundada en una escala jerárquica de sumisión ascendente: la sumisión de la mujer al hombre y del hombre a Dios (Alá). No importa tanto el rasgo satírico de que esta teocracia islámica de signo más templado solo pueda realizar sus fines prescritos, al menos en las altas instancias de la administración donde aspira a integrarse el narrador, gracias a la financiación saudí.
“Los grandes espíritus son escépticos”, proclamaba Nietzsche. Suscriba o no la tesis central de esta novela de conversión, Houellebecq cree que su misión como novelista consiste en desnudar, con refinada ironía, las miserias morales de su tiempo sin comprometerse con ninguna causa militante. Los sociólogos de guardia deberían tomar buena nota. Una de dos. O bien Houellebecq tiene razón y este es el porvenir que nos aguarda, nos guste o no, estamos abocados a un retorno paneuropeo de lo reprimido religioso. O bien todo es producto de la pura especulación intelectual: la fantasía nihilista de un escritor sumido en la desesperación y plenamente consciente de la crisis profunda que atraviesa la vida europea.
No sé, finalmente, si Houellebecq es un profeta acreditado o un mero individuo atrapado como todos en los espejismos y trampantojos de la actualidad. Pero sí sé que Sumisión explota con ingenio e inventiva el poder novelesco de jugar al límite con las ficciones de la política y la geopolítica de un tiempo turbulento como este. En el fondo, la literatura también sirve para esto. Para dinamitar la representación convencional de un estado de cosas, poner el mundo del revés, examinarlo a la luz de la inteligencia y la imaginación, evitando el error de sostener cualquiera de las convicciones en juego.

[La versión extensa del texto se publica este mes en la revista El Cuaderno, junto con un extracto de la novela de Houellebecq, en un número monográfico dedicado a la narrativa francesa.]

jueves, 4 de junio de 2015

MENTIRA ROMÁNTICA

  [Eva Illouz, Erotismo de autoayuda. Cincuenta sombras de Grey y el nuevo orden romántico, Ed. Clave Intelectual, trad.: Stella Mastrangelo, 2014, págs. 124]

Sabemos por Fredric Jameson que todos los fenómenos de la cultura contemporánea, ya sean alta cultura o cultura de masas, tienen como impulso subyacente nuestras más profundas fantasías sobre la naturaleza de la vida social. Y esto vale para un movimiento político como Podemos y para una novela superventas como Cincuenta sombras de Grey, objeto paradójico del análisis de este interesante libro de Eva Illouz. Ambos ejemplos se presentan como expresiones simultáneas de rechazo y anhelo. Como respuesta efectiva a la problemática social colectiva en un período histórico indignante y como solución imaginaria y real a los dilemas actuales derivados de la crisis de las relaciones heterosexuales normativas, respectivamente.
En este sentido, la dimensión ideológica de una trilogía novelesca como Cincuenta sombras de Grey, constatando la frustración y el deseo de las mujeres actuales por preservar el peso del amor sublime y lo emocional en sus vidas y la necesidad de asociarlo a una figura masculina poderosa, no puede funcionar si no va acompañada por una dimensión utópica que incluye, con cierta originalidad, una práctica sexual liberada de tabúes y una afirmación ética de fuerza individual. De ese modo, la apasionada relación entre Anastasia Steele y Christian Grey constituye una potente alegoría sobre lo que una cultura como la occidental puede hacer aún, en un tiempo de mutaciones fundamentales, para reinventar el contrato sexual entre hombres y mujeres y acabar con las brechas y agujeros que los avances incuestionables en libertad e igualdad han causado en el corazón de unas relaciones tan complejas como atávicas.
Ya en un libro anterior (Por qué duele el amor; 2012) Illouz había abordado la cultura mediática que, desde el siglo veinte, reconfiguró la experiencia amorosa a imagen de las fantasías colectivas y la imaginación individual, permitiendo la implantación de un nuevo régimen afectivo. Ese capitalismo de signo emocional (“el nuevo orden romántico”) afecta al trabajo y el consumo tanto como a la vida personal y el modo persuasivo de institucionalizar los afectos y los deseos, dando lugar finalmente a lo que Illouz define como “campo sexual”: ese dominio público donde el imperativo sensual del cuerpo transformado en objeto de intercambio y la avidez de aventuras carnales disminuyen el gravamen de lo sentimental. Este proceso culmina, desde la expansión social de internet, en una contaminación de las relaciones íntimas y el “mercado matrimonial” por la cultura comercial y pornográfica, produciendo una conflictiva confusión entre lo privado y lo público.


Cincuenta sombras de Grey es un producto carismático de esta cultura de novedades sucedáneas en que las paradojas e incongruencias de la situación se plantean y resuelven con habilidad recurriendo a una de las combinaciones más ingeniosas y perversas generadas por la publicitaria cultura de masas: el sadomasoquismo y la autoayuda. No en vano, su autora (Erika Mitchell, alias “E. L. James”) fue ejecutiva mediática y gestó la primera entrega de la saga novelesca en foros interactivos de internet. Ese dudoso acoplamiento de la disciplina erótica más refinada y extrema, pese a su estandarización comercial, y el efecto performativo de ayudar a superar graves problemas íntimos y realizar modelos satisfactorios de vida, conjugando hedonismo y sentimentalidad, perversión y romanticismo, son las claves del exitazo popular y de la enorme influencia de la trilogía en mujeres del siglo XXI de todas las edades y condiciones.
Cincuenta sombras de Grey, como sentencia Illouz, es “una narración que en realidad es un manual de autoayuda sexual”, lo que transforma su lectura para la mayoría de las mujeres “en un acto supremo de afirmación de un yo moderno: un acto de autoempoderamiento y de automejoramiento”.

PS.: Que Jamie Dornan, el actor que encarna a Christian Grey en la anodina versión fílmica de Cincuenta sombras de Grey, interprete también al seductor psicópata de la espléndida teleserie británica The Fall no deja de ser un guiño irónico entre contrincantes (o quizá cómplices, si hemos de hacer caso a la lectura romántica de Illouz) ideológicos producidos dentro de la misma cultura de masas…

jueves, 28 de mayo de 2015

CONTRA NATURA



[Georges Bataille, Historia del erotismo, Errata Naturae, trad.: Javier Palacio Tauste, 2015, págs. 205]

            Para los que empezamos a leer a Georges Bataille en los años ochenta, su lectura no planteaba los mismos desafíos que a lectores de generaciones anteriores. Bataille nos llegaba depurado de las mixtificaciones militantes en que los años sesenta y setenta lo habían involucrado. Desde su movilización espuria en pro de una sexualidad desinhibida y naturalista a la reprobación de cristiano larvado o las exégesis románticas que lo transfiguraban en sacerdote blasfemo de una nueva religión pagana fundada en el culto místico a la carne mortal y la desmesura orgiástica.
Al Bataille teórico y ensayista conviene leerlo desprovisto de cualquier mitificación ideológica y de cualquier proyección íntima de una culpa fantasmática. Otra cosa quizá es el Bataille novelista o poeta, más sometido a discusión y mucho más vulnerable a los caprichos de la subjetividad.
Bataille es uno de los pensadores occidentales más serios pese a que su pensamiento se consagra a las dimensiones menos respetables e idealizadas de la vida y la cultura humanas. Es un pensador subversivo aún hoy, en una era confusa donde el porno convive con el puritanismo, que acierta a extraernos del dominio aséptico donde la filosofía tradicional vivía recluida, desde Platón a Heidegger y Sartre, para transformar el acto de pensar y el discurso verbal que lo acompaña en instrumento de revelación de la parte maldita y las verdades oscuras que configuran la “totalidad del ser” en que se integra la humanidad.
El “ser” en el pensamiento impuro de Bataille no es una emanación de la idea, ni un estado de cosas marcado solo por el signo de la violencia y la muerte, sino algo más esencial: “la sexualidad y la muerte no son más que los momentos agudos de una fiesta que la naturaleza celebra con la multitud inagotable de los seres, pues una y otra tienen el sentido del despilfarro ilimitado al que procede la naturaleza en contra del deseo de durar que es lo propio de cada ser”.
Todo gesto en la historia humana, desde los remotos orígenes de la especie hasta su existencia bajo la modernidad burocrática y tecnológica del capitalismo, está impregnado de un deseo radical de apartamiento de la naturaleza (“el origen del hombre se encuentra en su horror ante lo que considera una naturaleza inmunda”). De ese modo, se instaura un doble régimen donde el trabajo y los tabúes (enterramientos, incesto, virginidad, pudor) funcionan como medios de mantener a la celosa madrastra lejos de sus criaturas más delicadas, y, al mismo tiempo, se reglamenta la necesidad paradójica de establecer ritos, celebraciones y prácticas periódicas que supongan un regreso limitado al estado natural, una brecha de comunicación temporal con la animalidad reprimida, una conjuración festiva de lo que nos repugna y excita en el animal que también somos.
Un sistema de pensamiento total que establece el matrimonio como transgresión mínima del orden naturalizado de la familia y el parentesco y la prostitución y la orgía como transgresión definitiva de unos modos de vida que no pueden amortajarse en el trabajo sin pagar un precio demasiado elevado ni disipar sus energías en una fiesta perpetua sin arruinarse para siempre. De esta duplicidad profunda de la condición humana surgen el lujo, como dispendio ornamental, el erotismo, como artimaña para torear a la naturaleza sin sucumbir a su poder mortal, y el arte, manifestación suprema de la licencia del juego opuesta a la economía productiva.
Esta Historia del erotismo, inédita hasta ahora en español, podría ser considerada un sugerente anticipo de El erotismo, la obra magna donde Bataille abordaría ya sin trabas ni balbuceos todas estas cuestiones fundamentales.

viernes, 22 de mayo de 2015

ESPAÑA, APARTA DE MÍ ESTE COÑAZO



[Gregorio Morán, El cura y los mandarines. Historia no oficial del Bosque de los Letrados, Akal, 2014 (2ª ed.), págs. 829]

¿Qué es una anomalía literaria o cultural? Lo más parecido a una verruga en un terreno dominado por los mandarines. Una ruptura, una atipicidad, un desajuste en el transcurrir pautado de la vida cultural española. Entonces me preguntaba, hace más de diez años, algo que ahora tengo más claro: ¿por qué Nietzsche, por citar un ejemplo extremo, no constituye una anomalía en la cultura germánica y Max Aub lo es en la nuestra?

-Gregorio Morán, “El mandarinato exige sumisión”-


Este es el libro más esperado y temido de la última década. Un ensayo exhaustivo que revisa sin contemplaciones la historia de la cultura oficial española desde 1962 hasta 1996, es decir, desde el contubernio de Munich, como lo apodó la jerga franquista de la época, hasta el final del mandato socialista de Felipe González y la restauración en el poder político de una derecha reciclada.
Lo digo desde ya, para que no haya dudas: la autopsia del cadáver es implacable, el análisis demoledor, el balance ruinoso. Apenas si se salvan del naufragio unos cuantos nombres, unos pocos gestos éticos o estéticos. El resto, como sabemos de sobra, es escoria moral. Pocos países como el nuestro, antes de Franco, bajo Franco y muerto y enterrado el último dictador, pueden presumir de un currículum intelectual y cultural de una medianía cuantitativa similar.
Si hacemos caso a Morán, en este país solo ascienden los trepas profesionales, los pícaros sin talento, los servidores sin escrúpulos, los mandarines de mesa camilla y pantuflas a cuadros, los impostores ambiciosos, los mediocres, en suma. Basta echar un vistazo alrededor para darse cuenta de que el severo diagnóstico de Morán permanece vigente. Toda forma de parasitismo institucional, de colocación a dedo de medianías y adocenados, de chalaneo de cargos y reparto de prebendas, de padrinazgos inconfesables y otras corruptelas políticas se repiten con provecho en el ámbito de las instituciones académicas y culturales. Es así al menos desde el siglo XIX, cuando se impusieron en la anacrónica vida española ese estilo anticuado y esa mentalidad provinciana tan difíciles de erradicar.
En el relato de Morán hay muchos nombres propios de sujetos envilecidos por su promiscuidad con el poder, pero el protagonista eximio es Jesús Aguirre, uno de los casos más paradigmáticos de la historia española moderna. Su asombrosa evolución ya lo dice todo: de cura revolucionario en los sesenta, pese a sus escarceos teológicos y manoseos ateos con Ratzinger, a mandarín editorial en los setenta, miembro de la academia española de la lengua en los ochenta y, para colmo, duque consorte. Todo ello sin que se le reconozcan otras virtudes que las sociales, tan valoradas en este país donde la “amistad” constituye otro vínculo consanguíneo tan importante como el familiar.
Lo peor de la crónica despiadada de Morán para algunos popes actuales de la impostura cultural es que no declara que la democracia acabó con todos los males y los villanos desaparecieron del escenario. Al contrario, el poder cambió de manos y de camisa, sí, cambiaron algunas caras y algunos nombres, faltaría más, y otros se limitaron a girar el rostro hacia el nuevo sol imperante. Y este es el núcleo más ofensivo de la historia reciente de la RAE y la universidad y las letras españolas que ha generado el espurio escándalo del libro y su censura editorial.
No obstante, en este contexto crítico, Morán se atreve a señalar algunos héroes. En el exilio, Max Aub, tan desdeñado. Y en el interior: la estrella efímera de Luis Martín Santos, el gran psiquiatra y genial novelista que supo plantar cara a la opresiva situación desde las exigencias de la literatura y ajustar las cuentas con el tinglado social, político y cultural del momento. Ahí sigue Tiempo de silencio, feroz desnudamiento integral de una España siniestra y miserable. Y no solo por la mordaz caricatura del mundo intelectual, tan elocuente, sino por la reflexión amarga sobre el pueblo, la denuncia intransigente de su alienación secular. Es sabido que cada pueblo tiene los mandatarios y mandarines que merece. No sorprende, por tanto, que con la muerte accidental de Martín Santos muchos, a un lado y a otro, respiraran aliviados.