viernes, 24 de octubre de 2014

EN BUSCA DE LA CIUDAD PERDIDA


[H. P. Lovecraft, La búsqueda en sueños de Kadath la Desconocida, Alpha Decay, trad.: Javier Calvo, 2014, págs. 176] 

Randolph Carter no es Indiana Jones. Recuerdo que cuando era joven y fan del simpático aventurero concebido por Spielberg y Lucas descubrí un día, en la vieja edición de Alianza, a Randolph Carter y la serie completa de sus “viajes al otro mundo”.  El impacto fue similar al de un lector de novelas policiales o fantásticas al uso cuando descubre a Borges. Se acabaron las tonterías. Empieza la emoción genuina.
Recuerdo que lo que me fascinaba más del ciclo de Carter era la idea romántica de la “Dream-Quest” (la “búsqueda en sueños”, como traduce Calvo). Una exploración en que el aventurero, imitando al héroe de la novela de Xavier De Maistre Viajes alrededor de mi cuarto, no precisaba abandonar los confines de su espacio doméstico para emprender la más excitante de las aventuras mentales. Los viajes de Randolph Carter por el mundo de los sueños tienen la singularidad de plantearse como inmersiones en el inconsciente individual, luego en el inconsciente colectivo y, finalmente, en esa fase definitiva que precede a la lucidez total, traspasando las lindes subjetivas y avanzando más allá, adentrándose en una tierra de nadie, el territorio del imaginario puro y la pura especulación fantástica.
Sabemos que Coleridge, en su célebre tratado Biographia Literaria, nos invitó a no confundir los dominios antagónicos de la Imaginación y la Fantasía. Lovecraft es el escritor del siglo pasado que de modo más creativo se esforzó por hacer imposible al lector del nuevo siglo entender las diferencias existentes entre esas dos modalidades estéticas de la invención literaria.
Esta última entrega del ciclo transporta al aventurero Randolph Carter a un viaje lisérgico en pos de la ciudad perdida de Kadath. Por tres veces Carter ha podido divisar en sueños la silueta majestuosa de la ciudad y por tres veces la pierde sin remedio. Convencido de que no existe nada más trascendental en su vida, emprende la búsqueda porfiada de la sublime ciudad a través de un paisaje onírico digno de El Bosco, Max Ernst o Dalí: criaturas grotescas, ciudades míticas, bosques y mares alucinantes, ruinas lunares y otros paisajes imaginarios.
Desde el principio, el héroe intuye que la ciudad de la belleza y el deseo guarda relación con la infancia y así la aventura delirante en tierra extraña se transfigura en un regreso al origen olvidado. Solo al final, cuando parece derrotado por las fuerzas oscuras del caos y los monstruos de la profundidad, Carter comprende que Kadath es una recreación arquitectónica de las sensaciones imborrables y experiencias mágicas de su infancia en Nueva Inglaterra.
Como dice Javier Calvo en su excelente prólogo: “hay pocas novelas del siglo XX tan indescriptibles”. Una posible causa de la escasa atención que ha merecido esta fabulosa novela sería la reconocida influencia en ella de uno de los precursores de Lovecraft, el victoriano Lord Dunsany. Muchos críticos la menosprecian por error considerándola un ejercicio de estilo demasiado mimético respecto de la sintaxis alambicada y la nomenclatura fantástica del escritor irlandés.
Solo lectores afines a Lovecraft han podido captar la necesidad íntima que este experimentó, al retornar a Providence en 1926, de glosar los principios fundacionales de su literatura a través de la recuperación narrativa de los poderes evocadores de la infancia. Su amigo Robert Howard, el padre de Conan, que había consagrado su portentosa imaginación a fabular las eras oscuras de la historia humana, habría entendido el gesto perfectamente. Como entendió su  originalidad artística el escritor belga Thomas Owen: “lo que me maravilla es el lado mágico de su delirio verbal, rico en palabras enteramente cinceladas por la belleza de su consonancia y el poder conjurador de su arquitectura sonora”.

POSDATA: Suscribo punto por punto las tonificantes invectivas de Javier Calvo en el prólogo contra escritores fantásticos como Dunsany (reliquia victoriana) y Tolkien (mero entertainer cristiano) y su apología absoluta de Lovecraft.

viernes, 17 de octubre de 2014

PASOLINI CONTRA TODOS


[Pier Paolo Pasolini, Demasiada libertad sexual os convertirá en terroristas, Errata Naturae, trads.: Paula Caballero y Miguel Ros, 2014, págs. 187]

Como he dicho tantas veces y en tantos foros, no quiero ser italiano. Querría ser americano. Naturalmente, sería un americano de la otra América. ¡Y por fin mi forma de protesta sería libre! ¡Absoluta, completa, disparatadamente libre! En Italia hasta la protesta es conformista. La protesta liberal usa un lenguaje de instituto que apesta a cadáver, la protesta marxista está completamente preestablecida como un formulario. En cambio, ¡no hay nada más bello que inventar día a día el lenguaje de la protesta!

-P. P. P., “Casi un testamento”-

Para bien y para mal, Pasolini posee una actualidad crítica intempestiva. En su tiempo fue un intelectual y un artista comprometido de una nueva clase: un marxista heterodoxo, un miembro disidente de la izquierda cultural, independiente y singular, irreductible tanto a los dogmas partidistas como a las consignas del poder institucional. Hasta su asesinato en 1975, Pasolini cumplió con el papel de anticonformista subversivo con una intransigencia y honestidad ejemplares. Su lema polémico era “es intolerable ser tolerado”.
Pasolini personificaba la figura carismática, no exenta de ambigüedad, cuyo poder de denuncia y pensamiento insurgente servían de revulsivo ideológico a una multitud de lectores y espectadores. Su necesidad hoy, cuando el intelectual padece la presión insoportable de los medios masivos y el mercado, no puede ser más acuciante en un contexto donde la perversa alianza del poder político y el financiero pretende someter a los ciudadanos a un estado de servidumbre económica definitiva que Pasolini denunció en su momento como el neofascismo de la sociedad de consumo.
Este magnífico libro de artículos y entrevistas, con título provocativo, da cuenta de este carácter indómito y de la evolución dramática de su pensamiento: enfrentado al cambio social en curso, con la implantación del consumo como cultura dominante de una clase proletaria en fase de aburguesamiento acelerado, Pasolini anuncia el melancólico final de una concepción estrechamente política y populista del arte en la que había creído hasta entonces (siguiendo a su maestro Gramsci) y, en consecuencia, la pretensión de hallar un refugio elitista donde preservar las herejías intelectuales y artísticas de la corrupción capitalista. Una antinomia cultural que, en pleno triunfo de la globalización neoliberal, estaría acendrando aún más sus nocivas contradicciones (“En realidad, el mundo no mejora nunca. En cambio, eso sí, el mundo puede empeorar”).
Y es que el gran enemigo de Pasolini era el conformismo, como evidencia este muestrario de “escritos corsarios”: el conformismo biempensante de la izquierda progresista y los comunistas de salón, el conformismo católico, el conformismo sexual de los jóvenes, el conformismo literario y cinematográfico, el conformismo de los homosexuales, el conformismo consumista de la clase burguesa y el conformismo mimético de las clases populares. Y, sobre todo, el gran conformismo programático de la televisión, la verdadera bestia negra del ciudadano Pasolini, esa máquina constructora de visiones vulgares y destructora de cualquier singularidad ética o estética.
Pasolini se indigna contra la televisión y contra el modo implacable con que tritura todo lo que se le acerca así sea con la mejor intención pedagógica, intelectual o artística. Siendo un creador de otra época, no se puede negar que la invectiva dirigida en estas páginas contra el medio masivo cuyo fin último es transformar a los espectadores a imagen y semejanza de “la imagen más estúpida que tienen de sí mismos” se anticipa con lucidez a los degradantes síntomas de la era Berlusconi-Mediaset.
Especialmente interesantes son sus consideraciones sobre la educación y la supervivencia crítica de la cultura humanista. Sobre la primera, sus reproches a la mediocridad de los pedagogos y las demagógicas ideas que han destruido el sistema educativo se resumen en este juicio incontestable: “Sin embargo, la inteligencia no es inversamente proporcional al estudio, el que es inteligente estudia. Lo que se espera es que el profesor, una vez que se haya dado cuenta de esto, despierte en el alumno la conciencia de la inteligencia, de la que nacerá el deseo de estudiar”.
Para acabar con una reflexión política de rabiosa actualidad: “Solo la verdadera democracia puede destruir a la falsa democracia”.

jueves, 9 de octubre de 2014

EL PARQUE TEMÁTICO NEOLIBERAL


[Geoge Saunders, Pastoralia, Ediciones Alfabia, trad.: Ben Clark, 2014, págs. 244]

Empezaré por algunas interrogaciones con objeto de poner al lector en antecedentes. ¿Puede la “realidad” del mundo haberse transformado, para fomentar la explotación laboral, aumentar los beneficios y mantener a la población distraída y controlada, en un conglomerado de parques temáticos más o menos recreativos y un montón de entretenimientos tecnológicos? ¿Es América un parque temático capitalista cuya circunferencia se encuentra en todas partes y su centro en ninguna? ¿Es la metáfora del parque temático la forma lógica de representar el proceso de la globalización? ¿Puede un libro de relatos abordar esta complicada cuestión y construirse a la vez como réplica de un parque temático de baja tecnología?
Demasiadas preguntas, quizá, a las que este libro magistral trata de responder demostrando que sus precursores (Kafka y Borges) todavía no habían visto nada, o su cultura y conocimiento del mundo los mantenían en un nivel de “ingenuidad” demasiado elevado para los patrones de lucidez e ingenio que hoy se deberían exigir a cualquier escritor. Para Junot Díaz la literatura de Saunders permite entrar en contacto directo con “los absurdos y deshumanizados parámetros de nuestra cultura actual capitalista” y, al mismo tiempo, con una mirada compasiva hacia las aberraciones morales o mentales padecidas por los humanos en una América (presente o futura) dominada por el cálculo, la simulación y la supervivencia.
El nuevo realismo narrativo de George Saunders, uno de los pocos autores de relatos que aún merece la pena leer, pasa por el reconocimiento del simulacro y la simulación como instancias determinantes sobre lo que antes, por pereza mental, solíamos llamar “realidad”. Saunders es un maestro de la narración gótica actualizada y la “realidad” que acierta a describir, entre grotesca y fantasmal, está casi siempre mediatizada por una voz narrativa subjetiva que obliga al lector a aceptar, no sin inmutarse, toda clase de incongruencias y aberraciones.


Así lo demuestran las tres mejores piezas de este volumen, no por casualidad las más extensas. En Pastoralia, la nouvelle que da título al conjunto, el lector aprenderá a contemplar la historia humana, transformada en un parque temático de atracciones estrafalarias, desde el punto de vista del narrador que representa a un cavernícola para llegar a la conclusión de que, desde la era paleolítica hasta los androides del neoliberalismo contemporáneo, hay un viaje mental apenas significativo. Si quiere actualizar la información con una aguda mirada al modelo de vida White trash (“basura blanca”) que lea el hilarante y carnavalesco relato “Roblemar” sobre los dilemas familiares y económicos de un estríper masculino y el cadáver en descomposición de su tía resucitada. Y si quiere rematar la visita con una narración más íntima y penetrante en torno a los deseos de normalidad social y los deseos libidinales sin más, no puede perderse “La infelicidad del peluquero”.
Es una excelente idea, por tanto, reeditar esta espléndida colección de ficciones en este momento, cuando ya todo el mundo, sin excepción, conoce las delicias vitales y laborales del régimen neoliberal.  Y es aún más acertado hacerlo ahora en una nueva traducción de Ben Clark que refresque el texto, afine la dicción y la acomode a las fórmulas lingüísticas del presente. Han cambiado tanto las cosas y las expectativas del lector español en esta década y la literatura se ha expandido tanto para procesar esos cambios con nuevos recursos y técnicas que, a día de hoy, resulta imposible no considerar a Saunders como uno de nuestros precursores más sobresalientes y creativos y a sus libros como un repertorio de lecciones insuperables sobre el arte narrativo. 

miércoles, 1 de octubre de 2014

ŽIŽEK EN EL METRO


 [Slavoj Žižek, Acontecimiento, Sexto Piso, trad.: Raquel Vicedo, 2014, págs. 181]

Una teleserie como Hannibal le ha puesto el listón muy alto a un pensador lacaniano como Slavoj Žižek. Este tiene que demostrar que el psicoanálisis no es, como sostienen sus adversarios, el discurso del yo superior que censura la pequeñez de las conductas y pasiones humanas, o que escucha sus quejas con indiferencia profesional mientras se embolsa cantidades abusivas de dinero como puro equivalente del dolor y la culpa del sujeto psicoanalizado.
Es más, el fin de Žižek en este espléndido libro, como en otros anteriores, consiste en reconciliar los postulados filosóficos de la tradición occidental (por resumir: Platón, Descartes y Hegel) con los planteamientos profundos de sus maestros psicoanalistas (por simplificar: Freud y Lacan) para ofrecer una visión de lo humano tan íntegra como compleja a fin de neutralizar el impacto devastador de la neurociencia, la biotecnología, el budismo naturalizado y demás sucedáneos religiosos o intelectuales que pretenden imponer una interpretación de lo humano afín a las necesidades del capitalismo neoliberal.
Por mucho que el yo, como defienden los cognitivistas y los budistas, sea una ilusión o una ficción figurativa, esa ficción no deja de tener efectos concretos sobre la realidad. Efectos positivos sobre el cerebro individual, permitiéndole procesar los datos procedentes de la realidad, y efectos sobre esta misma, ya que el cerebro establece una relación con ella que solo puede estar mediada por símbolos eficaces e ideas activas. De ahí la relevancia que Žižek le atribuye al arte y a la cultura junto a la filosofía: el arte es el poder de atrapar con símbolos o imágenes la idea que hay detrás de la realidad sin renunciar a esta, es decir, sin sumirlo todo en la abstracción estéril de la teoría. 
La gran paradoja de la vida humana es que el acceso directo a lo real de la experiencia es imposible sin el cortocircuito de las ficciones que nos constituyen. En este sentido, cualquier tentativa de abolición de estas ficciones en nombre de la autenticidad o la pureza, como siempre han pretendido los fanáticos religiosos y los comisarios políticos, solo puede conducir a la catástrofe y la destrucción.
Por esta razón el concepto de revolución sostenido por Žižek es de suma actualidad y agudeza. No la tabla rasa sino la redefinición del marco de vida, no el grado cero de los sujetos o los modos de vida sino la modificación sustancial del marco de comprensión de la vida y los acontecimientos de la misma. De ahí que cualquier revolución pretérita nos parezca equivocada, un error categórico, ya que solo mediante la violencia de la toma del poder no se pueden alcanzar fines decisivos como el cese de la injusticia, las miserias sociales o las diferencias y desigualdades subjetivas. La revolución será filosófica o no será, parecería sugerir Žižek.


Con estrategia pedagógica, Žižek plantea al lector un sugestivo viaje en metro con paradas y transbordos en la historia de la filosofía, la literatura, el cine, la ópera, etc., con el fin de declinar la idea del Acontecimiento en todas sus dimensiones. Las conclusiones son, en gran parte, pesimistas. 
El capitalismo se presenta como el no Acontecimiento por excelencia, es decir, el Acontecimiento negativo cuyo único fin es bloquear la emergencia de otros Acontecimientos que puedan poner en cuestión su orden inamovible (“en una sociedad civil estructurada por el mercado, la abstracción gobierna más que nunca en la historia de la humanidad”).
Al final del viaje, Žižek ha envejecido, como la Zazie de Raymond Queneau, y tampoco puede escatimar críticas incisivas hacia la división inoperante de la izquierda que debía propiciar el Acontecimiento capaz de invertir el designio de la situación actual.
En suma, empoderar al sujeto contemporáneo reforzando su capacidad de pensar y actuar es uno de los propósitos más valiosos de su tonificante discurso. Pero me quedo, sobre todo, con su definición filosófica del Acontecimiento, válida también para la creación artística: “una intrusión traumática de algo Nuevo que sigue siendo inaceptable para la perspectiva predominante”.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

LA MUERTE OS SIENTA TAN BIEN


 [John Gray, La comisión para la inmortalización. La ciencia y la extraña cruzada para burlar a la muerte, Sexto Piso, trad.: Carme Camps, 2014, págs. 244]

El miedo a la muerte es, por desgracia, lo que define a los seres humanos desde que sus ancestros primitivos abrieron los ojos en este planeta para significarse como una de las formas de vida más destructivas. Ese atavismo produjo una doble consecuencia: el pavor a la desaparición individual y a la extinción de la especie tanto como el desarrollo de técnicas de exterminio para expandir el dominio de la muerte sobre la tierra.
Este espléndido ensayo se plantea como un recorrido en tres partes por esta temática fundamental desde la crisis histórica de la modernidad, entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, hasta nuestros postmodernos días donde la obsesión médica por el envejecimiento y las dietas calóricas traducen la aspiración a la inmortalidad y la eterna juventud a las costumbres más banales. Como concluye Gray: “Al anhelar la vida eterna los humanos demuestran que siguen siendo el animal definido por la muerte”.
En la primera parte, Gray analiza la decadencia de la cultura científica británica a partir de su combate intelectual con el darwinismo triunfante. El rechazo al materialismo vulgar condujo a muchas mentes privilegiadas a coquetear con el ocultismo y el espiritismo y, en general, lo paranormal, con el fin de superar la visión de la filosofía positivista y la teoría darwiniana, devastadora para las ideas sublimes de la especie humana sobre sí misma. La claudicación de inteligencias de primer nivel ante las supercherías ocultistas fue de tal calibre que llegaron a sostener el disparate de que la ciencia podría engendrar un mesías o un superhombre que salvara el mundo.


En la segunda parte, Gray prueba con argumentos contundentes su idea de que “el más allá es como la utopía, un lugar donde nadie quiere vivir”. Examinando las relaciones con la ciencia y la revolución soviética de escritores como H. G. Wells y Máximo Gorki, logra perfilar un cuadro escalofriante de lo que fueron el bolchevismo y el estalinismo: máquinas de matar en masa al servicio de una causa tan abstracta como la deificación tecnológica del colectivo humano. El caso de Wells es quizá el más llamativo. Partidario de la eugenesia científica y del gobierno elitista que conduciría a la humanidad hacia un progreso y una mejora radicales de sus condiciones de vida, se entrevistaría en vano con Lenin y Stalin, creyéndolos demiurgos dotados del poder de transformación de la realidad. Solo lo salvó de esta peligrosa fantasía ideológica su complicada historia de amor con una fascinante mujer rusa, Moura, que se aproximó a Wells para espiarlo mientras era la amante de Gorki y mantenía relaciones clandestinas con espías británicos. Gracias a ella, Wells comprendió que la vida estaba guiada por el azar y el caos y cualquier intento científico de reformarla recaería en el mismo fanatismo criminal con que las religiones perseguían a los descreídos.
Y en la tercera parte, Gray revisa sumariamente el ideario de eternidad cifrado en el deseo de trascender las limitaciones de la carne a través de la criogenia y la clonación y en la tentativa cibernética de inmortalizar el cerebro de científicos superdotados en inteligencias artificiales. En este sentido, el gran problema de la vida en el siglo XXI no será solo la supervivencia en un planeta amenazado de catástrofe ecológica y demográfica sino la voluntad de poder de la ciencia por controlarla y cambiarla.
La verdadera sabiduría, en cambio, residiría en comprender, como dice Gray, “que el yo que queremos evitar que muera está en sí mismo muerto”. 

miércoles, 17 de septiembre de 2014

TRUE DETECTIONS


[Varios autores, True Detective, Errata Naturae, 2014, págs. 387]

Que el rojo amanecer adivine
Lo que haremos
Cuando esta luz azul de las estrellas muera
Y todo haya terminado.

-ROBERT W. CHAMBERS-

El éxito de teleseries como Breaking Bad o True Detective se debe a una mutación significativa de las relaciones del espectador con el medio televisivo. No es solo una cuestión de arte o de industria. Es una cuestión histórica y hasta política.
En un mundo donde el sentido se escapa por los intersticios de una realidad cada vez más parecida a una gigantesca farsa mundial organizada por la “religión del capitalismo”, como la llamaba Walter Benjamin, la televisión se ha convertido en el medio tecnológico idóneo para adentrarse en las ficciones del poder e imponerles el sesgo de una mirada gnóstica. Una mirada consciente de las falacias y trucos del mundo circundante y, al mismo tiempo, una mirada que busca la promesa de una iluminación cognitiva, el acceso al conocimiento a través de las imágenes de la verdad infame que transforma al espectador en prisionero de incontables espejismos e ilusiones.
Este espléndido libro se organiza en dos partes complementarias. En la primera se suceden una entrevista con el escritor Nic Pizzolatto, donde revela datos imprescindibles sobre la creación de True Detective, un interesante ensayo del coordinador del libro, Iván de los Ríos, sobre la ambigüedad moral de la trama, y una instructiva crónica de Ethan Brown sobre los crímenes reales, aún sin resolver, que inspiraron la historia. Echo en falta en este apartado, sin embargo, algún ensayo sobre las cualidades estéticas de la serie, sus formidables logros plásticos y cinematográficos: la magnífica dirección de Cary Fukunaga, el ingenioso guión de Pizzolatto, las grandiosas interpretaciones de Matthew McConaughey y Woody Harrelson, etc.
La segunda parte es aún más sugestiva. Una antología de textos literarios y filosóficos que iluminan el espíritu pesimista de la serie: Ambrose Bierce y la ciudad maldita de Carcosa, Nietzsche y el Círculo Vicioso del Eterno Retorno, las terribles representaciones del mundo de Schopenhauer, los Mitos de Cthulhu de Lovecraft o el Rey Amarillo de Robert W. Chambers.


True Detective supone el encuentro del relato policial posmoderno a lo James Ellroy con el gnosticismo primordial y el horror cósmico. Las fascinantes imágenes de la serie cuentan la historia de cómo los detectives pragmáticos y obsesivos se transforman en filósofos desengañados y el espectador también. El acierto de True Detective consiste en subvertir, bajo la influencia de Borges, el designio convencional de la ficción policíaca por un diseño gótico impregnado de decadencia sureña y teología gnóstica.
Los detectives Rust y Marty encarnan en sus investigaciones la deriva excéntrica del sentido común, la culpa colectiva y la necesidad de reparación moral. Y me temo que al final el pensador de la serie es el asesino en serie, amorfo y amoral, el psicópata metafísico que realiza sacrificios rituales con jóvenes prostitutas para ascender a una forma de vida más elevada. Mi sospecha es que es el monstruo y no los policías que ponen fin a su carrera sanguinaria quien encarnaría en la ficción, de manera retorcida y patológica, como Hannibal Lecter o cualquiera de sus secuaces, la filosofía inhumana (más allá del bien y del mal) de Nietzsche y de Lovecraft.
Y, en especial, el pensamiento de Thomas Ligotti, el más notorio escritor actual de “ficción extraña”, una mente bipolar que construye auténticas pesadillas infernales con la imaginación delirante y la elegancia matemática de un visionario del mal. Ligotti es el supremo inspirador del pesimismo paradójico de la serie. Y el texto incluido aquí (“Breves discursos del Profesor Nadie”) resume con lucidez la filosofía negativa de la serie: “Todos los elementos que nos victimizan en la vida natural pueden convertirse en el material del que está hecho el placer maléfico del mundo imaginario del horror sobrenatural”.

martes, 9 de septiembre de 2014

LA FIESTA DE LA INTELIGENCIA


 [Milan Kundera, La fiesta de la insignificancia, Tusquets, trad.: Beatriz de Moura, págs. 144]

En La lentitud, primera novela escrita en francés por Milan Kundera, el narrador despierta a su mujer en mitad de la noche para explicarle que está escribiendo una novela cómica. Y la mujer, con la complicidad de quien comprende el designio singular de su obra, le advierte que si esa novela es una gran tontería, la pura broma que tenía ganas de escribir hacía tiempo, acabará ofendiendo a todo el mundo: “La seriedad te protegía. La falta de seriedad te dejará desnudo a merced de los lobos”.
Esta reflexión se refiere a la misma novela que la contiene en una de sus secuencias, es obvio, pero sirve, además, como demostración de la coherencia moral y estética del maestro checo. Su nueva novela, de una brevedad contundente, participa aún más del espíritu de la risa con que Kundera pretende iluminar el mundo desde sus comienzos. Y es que para Kundera la novela, extremando su condición de juego especulativo, hace las veces de la filosofía y del pensar.
Un buen lector de Kundera podría preguntarse, antes de leerla, ciertas cuestiones decisivas. ¿En qué consiste la originalidad de esta “fiesta de la insignificancia”? ¿Es solo un divertimento dieciochesco escrito a la manera desenfadada de Diderot? ¿Qué grado de lucidez sexual aporta sobre las derivas más significativas de nuestro tiempo? ¿Es el ombligo la nueva zona erógena de una época narcisista y ególatra, como pretende uno de los personajes? ¿Por qué podría considerarse a esta novela, pese a su escala menor en el canon del autor, una síntesis artística del pensamiento kunderiano? Y, en especial, ¿qué lección aprendemos sobre la “insignificancia” en este brillante mecanismo de ficción que no descubriríamos observando la vida al desnudo?
Como siempre, Kundera se las arregla para dar vida, como un consumado maestro de marionetas, a un curioso quinteto de personajes masculinos (Alain, Charles, Ramón, D´Ardelo, Calibán) a los que manipula en su provecho para poner a prueba la veracidad de las paradójicas tesis de su ideario de novelista. La primera y más importante: el mundo contemporáneo ha perdido el sentido del humor, ya no sabe reírse de las bromas ni se muestra capaz de abandonar el espíritu de seriedad que impregna mentalidades y estilos de vida. Eso lo ha vuelto ridículo sin aligerar, por otra parte, las penalidades de la existencia.
La segunda, consecuencia de la anterior: la reivindicación de la insignificancia como esencia de la vida, presente incluso en los horrores y crímenes de la historia, y antídoto contra la pesadez de los dogmas de cualquier signo, político, económico o religioso. Y la tercera: la gozosa proclamación de la intrascendencia de la vida como garantía de libertad y felicidad al alcance de los humanos. La pura alegría de vivir el momento sin preocuparse por un futuro que, en la visión de Kundera, siempre será peor. Y no porque el pasado le resulte más atractivo. Al contrario, la experiencia vital del octogenario le permite afirmar que la vida es una representación efímera y toda tentativa de conferirle más consistencia o significado la vuelve fatalmente insoportable.
No obstante, esta fiesta novelesca no está exenta de cierto pesimismo, atenuado por el buen humor y la levedad narrativa. Es revelador ver al autor de La broma declararse desengañado por el desconcertante devenir del mundo: “Hemos comprendido desde hace mucho tiempo que ya no era posible cambiar este mundo, ni remodelarlo, ni detener su desdichada carrera hacia delante. No había más que una sola forma de resistencia posible: no tomarlo en serio. Pero constato que nuestras bromas han perdido su poder”.
Todo esto para decir, en suma, que la fiesta de la insignificancia celebrada en estas páginas sabe transformarse también, llegado el momento, en una fastuosa fiesta de la inteligencia.