lunes, 30 de junio de 2014

ESCENARIOS DE GUERRA GLOBAL


 [Sergio González Rodríguez, Campo de guerra, Anagrama, págs. 167]

Los atentados del 11 de septiembre de 2001 fueron el detonante del despliegue de un escenario global de guerra. Ese plan estratégico, concebido por la cúpula de poder norteamericana con el pretexto de luchar contra el terrorismo, estaba destinado en realidad a imponer un régimen mundial análogo al estado de excepción. El concepto “campo de guerra”, tal como lo declina Sergio González en este ensayo ganador del último premio Anagrama, “abarca y penetra todo, desde la escala molecular de la ingeniería genética y la nanotecnología hasta los sitios, espacios y experiencias cotidianas de la vida urbana, las esferas planetarias del espacio tangible y el ciberespacio inmaterial de alcance global”.
Es este, en su opinión, el siniestro cuadro de “la era del transhumanismo planetario”, un proceso en curso por el que las dimensiones espaciotemporales del mundo, gracias a la intervención de las nuevas tecnologías y las políticas transnacionales a ellas asociadas, se reducen a límites exiguos que favorecen la vigilancia y el control. Ante esto, los Estados nacionales no tienen respuestas efectivas. En nombre del falsificado ideal de seguridad defendido por los poderes y sus cómplices corporativos, todo está permitido, desde modificar la legalidad vigente hasta justificar las intervenciones militares, estrangular economías financieras o realizar el acopio masivo de datos privados. Así funciona la unanimidad del “nuevo orden mundial”, como un mecanismo vicioso girando en torno a la técnica y el dinero.
No obstante, para hacer más visibles sus tesis, Sergio González se enfrenta a la experiencia mexicana de la última década y la transformación de un país entero, con la excusa de la lucha contra el narcotráfico y los cárteles de la droga, en un sanguinario campo de batalla. En México se ubica el conflicto más estéril de la historia. Una guerra interminable, tan cruenta como tramposa, donde priman la confusión moral y la violencia más cruel, la puesta en cuestión del estado de derecho y el incremento en la vulnerabilidad jurídica del ciudadano. Un reinado de la confusión al que contribuyen policías federales, agentes americanos, militares mexicanos y sicarios de los clanes de narcos. El simulacro bélico se vende a una población norteamericana, compuesta de numerosos consumidores habituales de estupefacientes, como medio de moralización colectiva y, de paso, como propaganda del eficiente funcionamiento estatal contra toda amenaza externa.
En este sentido, el capítulo más impresionante es el titulado “Anamorfosis de la víctima”. En esta terrible revisión del ángulo biopolítico de la situación, Sergio González se centra en un puñado de víctimas paradigmáticas del turbulento estado de sitio en que vive sumida la población mexicana. Víctimas a menudo decapitadas y mutiladas, pero también marginadas o perseguidas, detenidas, secuestradas, desaparecidas, tanto por los asesinos y traficantes como por las fuerzas encargadas de combatirlos.  La doble muerte de muchas de ellas se produce primero en la realidad y después en los medios, donde son de nuevo ajusticiados sin otro motivo que transmutar el crimen en espectáculo para defender la necesidad del conflicto.
Y, en el trasfondo, la ilegalidad del consumo de drogas como factor de perturbación e inestabilidad social y la legalización como única solución política. Un tema del que ya nadie quiere hablar por miedo a ser tildado de irresponsable y en el que el puritanismo de los americanos, raíz de todo el problema, ha impuesto también su dura ley. 
Con pesimismo preventivo, Sergio González concluye: “La humanidad nunca supo tanto como ahora sobre la naturaleza y la composición del cosmos, y jamás estuvo más lejos de las estrellas que en el presente”.

jueves, 26 de junio de 2014

FREAKSHOW

 Acaba de aparecer el interesante libro América, The Beautiful (La presencia de Estados Unidos en la cultura española contemporánea), coordinado por José Manuel del Pino, profesor del Darmouth College, y editado por Iberoamericana-Vervuert. Mi contribución al mismo (“Freakshow: la cultura americana en el espejo de la literatura”) comienza con esta reflexión sobre un intrigante cuadro de Erró, un pintor cuya lucidez visual me fascina cada día más (y su ignorancia cada día menos). 

Quiero empezar esta reflexión con una imagen significativa, un icono de las relaciones posibles para un escritor europeo de origen español con la cultura norteamericana, la primera cultura plenamente comercial de la historia. Como no podía ser de otro modo, se trata de una relación icónica, esto es, una relación mediada por las imágenes y la tecnología de producción de imágenes masivas.


Como se puede ver, este cuadro del pintor franco-islandés Erró representa a un ratón Mickey recostado en el diván de un psicoanalista. Detrás de él, en un plano que parece más imaginario que realista, un par de moteras semidesnudas, con pistolas y copas y botellas de alcohol en las manos, parecen a punto de montárselo a lo grande en una fantasía surgida directamente de la imaginación corrupta del ratón cinematográfico más famoso de la historia (una imagen plagiada de los escenarios de porno pulp de cualquier película de Russ Meyer y otros cineastas de sensibilidad grindhouse o de explotation que inspiraron también algunas escenas paródicas de las novelas vanguardistas de Kathy Acker). Junto al ratón Mickey, sin abandonar su pose de extrema atención clínica, el doctor Freud toma nota fiel de todas las obscenidades que emanan de la boca entreabierta y sonriente (entendamos la sonrisa como imperativo afectivo del negocio) del célebre roedor massmediático. Pero la imagen es reversible a su vez: ¿y si viéramos al doctor Freud, esto es, a la cultura europea, fascinada con el ello deslenguado del ratón Mickey, ese ello libidinoso que se hace imágenes y ficciones y música popular, cultura de masas en general, y acaba con el prestigio de la cultura europea y con su supuesta superioridad moral y cultural? Este cuadro representa también un acto de ventriloquía inconsciente. Con su impostura de seriedad facultativa, Freud, como representante de la inteligencia analítica y los valores de la alta cultura europea, actúa como inquisidor perverso y obliga a Mickey a decir lo que quiere, lo que más le interesa escuchar, transmitiéndole los signos de la vulgaridad más desvergonzada que el mismo doctor, prisionero de su cultura decimonónica, reprime tras una máscara de rigor científico y atildada vestimenta burguesa. De ese modo, Freud proyecta en Mickey y a través de él, más allá de su círculo de influencia, sus fantasmas y fantasías más inconfesables, menos respetables. Se produce así un bucle comunicativo entre los dos protagonistas de la escena: el mal endémico o el malestar libidinal de Mickey, como consumidor de primer nivel de los productos menos prestigiosos de la cultura de masas que él mismo representa como personaje mítico y en la que está atrapado, es el síntoma desconocido del otro, que sólo así, mediante una inversión del transfert psicoanalítico, puede auto-diagnosticarse, evidenciar sus patologías más arraigadas o exhibir ante el mundo su condición patológica forzada a encubrirse o reprimirse tras una fachada de respetabilidad profesional.
La conclusión a extraer de esta exégesis icónica es paradójica: tanto se podría entender que Freud, con su potencia intelectiva, ayuda a Mickey a liberar su libido, o al menos a expresarla públicamente sin cortapisas, ese deseo atrapado en los mecanismos de la fantasía infantil diseñada por la factoría Disney para consumo familiar, como Mickey, con su forzosa promiscuidad con la industria del entretenimiento mediático mayoritario, alimenta las fantasías secretas del doctor y el conocimiento exhaustivo de las mismas. Europa y América, en sus facetas menos reconocibles, se desnudan en el espejo que cada una de ellas representa para el otro y proceden a descubrir sus rasgos menos reconocidos… 

lunes, 23 de junio de 2014

LA BELLA Y LA BESTIA


Si algo caracterizó al siglo XX fue su esquizofrenia entre los sueños visionarios de un avance científico infinito y las tremendas recaídas en las pesadillas de la barbarie. Entre estas, los asesinatos en serie constituyen una parte destacada…

[Marie-Luise Scherer, La bestia de París y otros relatos, Sexto Piso, trad.: José Aníbal Campos, 2014, págs. 128]

Así es París. Así ha sido siempre. Luz y tinieblas, tinieblas y luz. La ciudad de las luces, la capital de la inteligencia desde el medievo y la metrópoli de la modernidad, el laboratorio de los experimentos sociales, políticos, tecnológicos y culturales más avanzados del siglo diecinueve y gran parte del veinte. Baedeker publicó la cartografía racional y eficiente de su laberinto callejero y Walter Benjamin extrajo fotografías de su alma, sus placeres extravagantes y sus tormentos inusitados. La banalidad del turismo hizo justicia prosaica a la trivialidad de los mapas del editor mientras las imágenes fulgurantes y las instantáneas inteligentes tomadas por el escritor nutrirán por mucho tiempo aún el corazón enfermizo de la cultura occidental.
Ese París donde la belleza suprema se codea con la bestialidad extrema desde antiguo fascina a Marie-Luise Scherer, periodista y escritora, con sus contradicciones y paradojas, polaridades fatales, fachadas traslúcidas, escaparates suntuosos y magia oscura. La inteligencia del libro radica en el modo de presentar la cuadratura parisina de textos. Al principio, el consagrado al impresionante caso del asesino en serie Thierry Paulin, el más extenso, y al final una crónica chispeante e irónica de la semana de la moda en París a fines de los ochenta. En medio, señalando las estaciones del viaje de lo sórdido y siniestro a lo admirable y luminoso, una visita al último surrealista (Philippe Soupault) que sirve para evocar las interioridades de la vanguardia que marcó con su impronta la sensibilidad del siglo pasado y una crónica incisiva sobre Proust y el mundo de Proust con la excusa del rodaje de Un amor de Swann por el director Schlöndorff.
“La bestia de París” retrata uno de esos casos criminales que provocan el estupor y despiertan el pensamiento, a la manera en que la perversidad humana obliga siempre a la facultad que más nos distingue del depredador a enfrentarse a las posibles causas del acto abominable. Entre 1984 y 1987, el mulato martiniqués Thierry Paulin, caprichoso y violento, con la colaboración temporal del también afrocaribeño Jean-Thierry Mathurin, asesinará, exhibiendo una crueldad sádica y una brutalidad patológica, a más de una veintena de ancianas para robarles dinero y joyas con que sufragar su dispendioso modo de vida, instalado en la bohemia de los modelos masculinos y los cabarés de travestidos, las fiestas fastuosas, la droga y la prostitución. Tres años después del primer asesinato, “El monstruo de Montmartre”, como también se le llamaba, es detenido y confiesa parte de sus atroces crímenes, describiendo con espeluznante impavidez los pormenores macabros, al tiempo que delata a su ocasional cómplice. Esperando condena en prisión preventiva, Paulin muere de sida en 1989. Sus móviles nunca fueron esclarecidos del todo. La singular cineasta Claire Denis lograría arrojar una cierta luz perturbadora sobre la mente del psicópata desclasado en una de sus películas más fascinantes (J´ai pas sommeil).

En su tratamiento de los hechos, Scherer se inclina más por lo descriptivo que por lo analítico en un caso terrible que Truman Capote no habría dudado en transformar en la versión europea y urbana de A sangre fría. El filósofo Michel Foucault habría visto en Paulin a un “hombre infame”: uno de esos individuos anómalos a través de cuya conducta asocial podemos entrever el trasfondo inhumano de nuestra naturaleza. La psiquiatra Élisabeth Roudinesco, en cambio, entendería a Paulin como manifestación de la “parte maldita” de la especie, esa maldad radical que supone la negación de los efectos beneficiosos de la cultura y la educación.

martes, 17 de junio de 2014

REALIDADES ALTERNAS


[Philip K. Dick, El hombre en el castillo, Booket, 2014, 272 páginas]

Dick never wrote a single work which can be termed a "masterpiece," although this alternate world novel-with its many surprising twists and equally surprisingly (and surprisingly subtle) treatment of Asian themes-comes close.

-Larry McCaffery-

¿Qué es un escritor realista? No, desde luego, alguien que aspira a imitar la realidad en sus trazas más convencionales. Un realista, como escribió Robert Musil, es el novelista que sabe que la realidad, siendo como es, también podría ser de otro modo. En este sentido, si hay un modelo de escritor realista en la segunda mitad del siglo veinte es Philip K.Dick. Y si hay un ejemplo supremo de realismo es El hombre en el castillo, donde se describe una realidad y una historia radicalmente alteradas partiendo de una ingeniosa hipótesis: los japoneses y los alemanes ganaron la segunda guerra mundial y extienden su dominio imperial sobre el mundo, incluido Estados Unidos.
En esta historia increíble, que muestra al nazismo como voluntad de poder en estado puro, Dick plantea la resistencia política como posición propia de la literatura. Cuanto más totalitaria la versión de realidad impuesta por el poder más necesario resulta el poder disolvente de la ficción imaginativa. Como sucede con la novela prohibida (La langosta se ha posado) que juega un papel determinante en la trama. Escrita por su autor, Hawthorne Abendsen, consultando el I Ching, gracias a su fuerza figurativa se desvela la impostura intolerable bajo la que vive el mundo tras la victoria del Eje. Su valor subversivo no radica tanto en su correspondencia exacta con la realidad histórica como en la negación del simulacro de realidad padecido por los personajes. De ese modo, entrarían en conflicto ontológico el falsificado mundo de la ficción, el mundo especulativo de la ficción dentro de la ficción y el mundo cotidiano del lector real de la novela. Como si Dick se apropiara en esta novela fascinante de una lúcida idea de Valéry (“La era del orden es el imperio de las ficciones”) y la extrapolara al problemático contexto de una ucronía opresiva (como haría con la América neocon de Bush el otro Philip, Roth, en La conjura contra América, facsímil especular de esta novela de Dick) para definir la ficción novelesca como deconstrucción de la ficción de realidad sustentada por todo poder hegemónico.


Los héroes de El hombre en el castillo son, sobre todo, proletarios y descastados: el artesano judío Frank Frink, fabricante de arcanas piezas de plata donde se condensa la sabiduría espiritual del I Ching, y su exmujer, Juliana, que, tras descifrar el mensaje encriptado en el libro clandestino de Abendsen, mata al hombre que pretendía asesinarlo por orden de Goebbels y se planta en la remota casa del escritor para forzarlo a reconocer la verdad de la ficción. No obstante, solo la consulta obsesiva del I Ching le proporcionará información sobre el verdadero estado del mundo. Esa veracidad incuestionable contradice las versiones oficiales de la propaganda germano-japonesa al tiempo que insinúa, de modo larvado, la infiltración de la voluntad de poder nazi en la forma de entender los medios y los fines del poder por parte del gobierno de Washington y la clase política y empresarial americanas. Abriendo así el portal de la imaginación a otras novelas memorables de la década (Dr. Bloodmoney, Esperando el año pasado, Los tres estigmas de Palmer Eldritch, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, Ubik, entre las más logradas) donde Dick exploraría ese polémico aspecto de la guerra fría y sus secuelas políticas y tecnológicas hasta llegar a Valis, ya en los ochenta, como asombrosa secuela de El hombre en el castillo y consumación de su sistema narrativo.
Como siempre en la literatura de Dick abundan las epifanías fabulosas en que los personajes que creen vivir en un mundo determinado perciben elementos incongruentes o incompatibles con él. La más asombrosa la experimenta Tagomi, un representante comercial japonés que, mientras examina un triángulo de plata creado por Frink, accede a la visión súbita de la autopista del Embarcadero de San Francisco, inexistente en su mundo imperialista pero presente en la América contemporánea.
Con esta novela magistral, como señaló Bolaño, que lo consideraba uno de los grandes, Dick revolucionaría en 1962 la nueva narrativa norteamericana. 

domingo, 8 de junio de 2014

EN LAS TRINCHERAS DEL SIGLO

Ernst Jünger (1895-1998) es un escritor inclasificable. Pertenecía a esa raza privilegiada de mortales que tiene la oportunidad de asistir a su centenario. Al revés de otros artistas longevos, Jünger ostentaba una especie de eterna juventud. Y es que tanto su vida como su obra participaban de ese estado paradójico en que el vigor del joven y la sabiduría del anciano se comunican desde el principio con una fecundidad insólita. Asombran las múltiples facetas de su actividad a lo largo de tantos años. Obsesionado con la aventura colonial, se alistó aún adolescente en la Legión extranjera, como narra en la cervantina Juegos africanos (1936), donde la lucidez sobre la experiencia del siglo le conduce a diagnosticar una verdad que permanece vigente: “Hoy día no hay más que explotación, y para aquél que posee inclinaciones especiales se han inventado formas especiales de explotación. La explotación es el estilo peculiar, el gran tema de nuestro siglo”. Fue héroe condecorado en la Primera Guerra Mundial y relató en Tempestades de acero (1920) sus experiencias extremas durante la contienda, ofreciendo un testimonio terrible del germen del fascismo (la “estetización de la violencia” denunciada por Walter Benjamin). Movilizado de nuevo en la Segunda Guerra Mundial, ocupó París con las tropas nazis, como cuenta en sus impresionantes diarios (Radiaciones). Además de esto fue entomólogo entusiasta y “cazador sutil”, trotamundos infatigable, explorador anímico de los efectos de la embriaguez (Aproximación: Drogas y embriaguez), y, por si fuera poco, autor de una obra literaria inmensa. Sin tener en cuenta sus polémicos ensayos, donde elaboró una visión de la técnica y la sociedad de masas influenciada por Heidegger, lo esencial de Jünger está en sus ficciones y en sus textos autobiográficos. Y es que la experiencia de escritura de Jünger le permite manejarse en uno y otro registro con soltura y rigor, ya sea para dar cuenta precisa de los fantasmas de su imaginación, dopados o no con LSD, como de episodios de su intensa vida. El método de Jünger se funda en una actitud clásica que sabe equilibrar, con respecto al mundo, la distancia platónica suficiente y la implicación aristotélica necesaria para conferirle una doble perspectiva: proyección ideal sobre la realidad y captación idealizada de lo real. En lo ideológico, Jünger ocuparía una posición paradójica: el conservador inteligente. Alguien tan fascinado con la herencia del pasado que, sin perder la lucidez crítica, consagra su espíritu a rendirle culto y expandir su significación y valor, en especial si los tiempos no son propicios. No un reaccionario integrista sino un anarca sagaz que se niega a claudicar ante el poder temporal que trata de domesticarlo. Por eso Jünger, discípulo anómalo de Nietzsche, resulta aún más inquietante: un conservador en tiempos de grandes cataclismos y mutaciones históricas, el testigo de excepción que, con un ojo entregado a la admiración idealista del pasado, no puede sino entregar el otro, arriesgándose incluso a perderlo en la deflagración, al escrutinio intempestivo del presente y el futuro (“Se vive todo y se vive también su contrario”, como proclama en Juegos africanos). No por casualidad, Jünger fue uno de los grandes creadores de alegorías políticas del siglo veinte, como prueban Sobre los acantilados de mármol (1939), un alegato contra la barbarie arrojado a la cara de los jerarcas nazis en su apogeo; Heliópolis (1949), donde el porvenir se plantea en términos de redefinición de lo humano y lo divino a partir de la más avanzada tecnología, como ahondaría después la fábula distópica de Abejas de cristal (1957); o Eumeswil (1977), una revisión metafísica de la Historia…
 
 [Ernst Jünger, El teniente Sturm, Tusquets, trad.: Carmen Gauger, 2014, págs. 124] 


¿Cómo representar un mundo despedazado? Esta era la cuestión central del gran ciclo novelístico sobre la primera guerra mundial, la trilogía Los sonámbulos de Hermann Broch. Pero Jünger, que vivió aquella guerra en primera persona del singular, luchando como un héroe homérico en las trincheras, jugando al límite con la violencia y al escondite con la muerte, es, sin duda, su mejor cronista literario. Así lo fue desde su explosivo debut (Tempestades de acero; 1920), prolongando la detonación con El bosquecillo 125,  Fuego y sangre y Diario de guerra (1914-1918). Asimismo, son ingentes sus reflexiones sobre las secuelas de esa guerra en la conciencia humana, como muestra el ensayo La lucha como vivencia interior (1925).
Esta es la incursión iniciática del joven Jünger en la novela y su único acercamiento a la Gran Guerra con los medios de la ficción. Una espléndida alegoría que narra los últimos días de un grupo de militares alemanes reunidos alrededor del teniente Sturm, escritor principiante y pensador lúcido de la experiencia radical de la guerra y su significado en la historia. Mediante un relato omnisciente, Sturm es visto como un cerebro privilegiado recluido por decisión propia en el laberinto moral de las trincheras, donde la muerte ronda como un depredador sanguinario. Desde esa peligrosa perspectiva, Sturm examina el mundo de valores decimonónicos que ha estallado en mil pedazos y trata de elaborar una cosmovisión adaptada a esa convulsión traumática en curso. La mirada de Sturm da cuenta así del fin de un mundo decadente y la gestación de otro, más titánico y tiránico, mientras pergeña un renovado método de conocimiento y una innovadora estética acorde con la nueva realidad emergente. Una realidad sometida al dominio absoluto de la técnica como manifestación de un Estado cada vez más poderoso.
Es interesante, en este sentido, la historia del texto. Publicado en una revista en 1923, olvidado después por razones oscuras, revisado en 1965 y en 1978, cabe inferir que Jünger no fue consciente de la relevancia de esta narración menor, una suerte de apólogo sobre la formación artística de un escritor que es y no es un avatar de sí mismo. Durante su lectura, es fácil discernir por estratos las diferentes fases de escritura y los rasgos de la evolución ideológica del autor: el fervor nacionalista y patriótico, mezclado con la voluntad de poder y el afán de aventuras de un sujeto singular para quien el sentido de la vida se define en la tensión violenta y la cercanía de la muerte; una contemplación distante del mundo natural, una intelección comprensiva de la vida en sus múltiples formas afín al rigor de la ciencia y a la fascinación idealista por el orden; la construcción metódica de un pensamiento abierto y de un estilo elegante y expresivo, capaz de registrar la belleza con imágenes deslumbrantes y denunciar sin temor las abominaciones del mundo moderno.
No obstante, el conservador Jünger no podía asumir las consecuencias expuestas en el relato y la muerte valiente de Sturm supone una recusación de su estética, próxima a la vanguardia futurista o expresionista. Esta parábola paradójica expresaría, por tanto, los límites intrínsecos de la visión del arte y el pensamiento de Jünger, tan sensible a los nuevos fenómenos vitales del siglo XX como reacio a establecer con ellos una relación realista sin el filtro creativo del clasicismo. Ese rechazo ideológico al caos y la fragmentación le impedirá acceder, en suma, a la verdad experimental del siglo revolucionario que le tocó vivir como actor y espectador intempestivo.

martes, 3 de junio de 2014

TRENDING DISTOPIC

 
Tengo cuenta en TWITTER desde hace ya una semana. Disfruto del juguete y soy esclavo, como todo el mundo, del trending topic, esa guía infalible de lo que más preocupa, excita o inquieta al personal. En cuanto abro el perfil de mi cuenta, la información me llega a raudales, me desborda y arrastra la corriente de opinión en curso, me licúo en ella con placer. Hoy sé, sin mucho esfuerzo, mucho más y mucho menos que ayer. Tiemblo cada día de pensar solo en lo que me espera mañana. Más y menos, una y otra vez. Los ciento cuarenta caracteres son adictivos, lo reconozco. Tuiteo, luego existo. No sé si doy para más. A este paso mi nueva novela será aforística y no desaforada. Dura disciplina para el prosista de períodos fluviales. La greguería manda y el epigrama se desmanda. El gran Ramón sería un tuitero intuitivo e ingenioso… 

Hasta aquí la publicidad del sitio, tampoco me pagan tanto.  


Mis tuits son variados y versan, por lo general, sobre actualidad política, cine, teleseries, literatura y algo de fúmbol (¡maldición!). He aquí algunos ejemplos:  

No es mi favorita, como “True Detective” o “Masters of Sex”, novedades de la temporada, pero la serie más inteligente es “The Good Wife”. 

Muy astuta la maniobra política. Muy pensada la estrategia. Muy maquiavélica. ¿Habrá sido idea del CNI como el 23-F lo fue del CESID? 

Por lo visto, el rey también perdió las elecciones. Veremos cómo reacciona la Bolsa. En todo caso, perdimos la (morbosa) muerte del monarca… 

Primer mandamiento del tuitero de pro: Amarás al “trending topic” por encima de todas las cosas. 

El Marqués del Colesterol se luce con la selección. Íbamos a jugar por el subcampeonato, pero ahora mucha suerte si pasamos de grupos… 

Está mal que yo lo diga, pero la película de Ferrara sobre el caso DSK es bastante floja: obvia en lo visual y ramplona en lo narrativo. 

Si el caso Schreber lo analiza Groddeck, y no Freud, no necesitaríamos a nadie más para esbozar una teoría sexual acorde con el siglo veintiuno. 

Leyendo a Jünger después de Groddeck me doy cuenta de que hay algo esencial que echaba en falta y que solo existe en la literatura alemana. 

La inteligencia política del electorado español me intriga: el bipartidismo en bancarrota y las minorías emergentes. Imagino la alarma en algunas cancillerías. 

Los tecnócratas se llevan ahora las manos a la cabeza, cuando el mal está hecho y el daño es irreparable. 

El fascismo es subproducto de una democracia degradada, nociva consecuencia de una mala política y no su causa ni su ruina. 

Ironía inesperada: el torso musculturista de Cristiano Ronaldo (& quizá muchas cosas más) se inspira en el BATMAN de Christian Bale (¡BALE!). 

Brillante el guionista y escritor Bruce Wagner en la rueda de prensa del nuevo film del gran Cronenberg: “Los Kardashian ya existían en tiempos de los faraones” (19:38). 

Grandeza del reboot de Godzilla: exacerbar el choque entre la poesía épica (colosal) de los monstruos & la prosa (bastante boba) de los humanos. 

Y ahora, por favor, retuitéame.