martes, 25 de octubre de 2016

QUEMAR DESPUÉS DE LEER


Esta temporada me estreno como columnista en medios de VOCENTO y esta es la columna cero, el “prototipo” de texto con que comencé la andadura a principios de septiembre…

España es uno de los crematorios más eficientes de Europa. Se han quemado demasiadas cosas este verano y nos hemos quedado sin palabras para expresar nuestra perplejidad. Existe una conspiración periodística para que las cosas en vez de quemarse se calcinen. Al hablar de incendios los periodistas usan a menudo el verbo que alude a la cal viva, de tan nocivo recuerdo en este país. Mira por dónde la academia les da la razón. Por tradición nacional, sin embargo, todo el mundo prefiere la hoguera, como cantaba el difunto Javier Krahe, pero solo los pirómanos están de parte del fuego. Ellos prenden la chispa y no se preocupan por los verbos. Saben lo que hacen, actúan a conciencia, conocen el significado exacto de los vocablos que sirven de combustible y los usan sin temor a las consecuencias en la realidad. El fuego es fuego, la llama provoca a la llama, el incendio se expande y el mundo se consume a su paso como un vertedero de basuras. Se queman personas y casas, árboles y coches, montañas y animales y hasta chalets con piscina. También se quema la piel de los turistas y se abrasan los cerebros de los bañistas en la playa, tendidos en la arena a todas horas consumiendo el ardor del sol que más calienta las ideas y quema la inteligencia. Pero este año es mucho peor que otros. Además de las miles de hectáreas del bosque, este verano se ha quemado Del Bosque. Nos ha costado el bochorno de un Mundial y el sofoco de una Eurocopa enterarnos de que la fórmula imbatible del marqués del colesterol estaba achicharrada como la mala carne de cerdo en una barbacoa dominguera y la madera futbolística no ardía durante los partidos internacionales ni con la ignición de los canteranos. Y, por si fuera poco, la democracia está que arde. Todos los días se queman políticos en activo y se queman partidos políticos inactivos. Como en las fallas. Que Rajoy estaba quemado ya lo sabíamos antes del gatillazo de la investidura, carbonizado hasta el tuétano como su partido en funciones, pero el candidato Sánchez y todo su equipo de equilibristas se están quemando a marchas forzadas con sus estrategias de pactos ingenuos y alternativas inútiles, así como Iglesias y Rivera, dirigentes en ebullición permanente. Se están quemando todos los líderes visibles en la pira de la política disfuncional sin haber tenido tiempo de debutar como histriones parlamentarios en una legislatura completa. Se queman los políticos, sí, y a los ciudadanos nos quema mucho la política. Estamos todos quemados y requemados. Necesitamos con urgencia algo que cambie el signo abrasivo de los tiempos. Evitar la incineración acelerada del país. A este paso, la quemazón lo arrasará todo. Háganme caso, después de leerlo con detenimiento, quemen este artículo. Su inteligencia me lo agradecerá. 

miércoles, 19 de octubre de 2016

REALISMO ESPECULATIVO


[Philip K. Dick, Tiempo desarticulado, Booket, trad.: Rubén Massera, 2016, págs. 222]


Palabras, pensó. Problema central de la filosofía. Relación de la palabra con el objeto… ¿Qué es una palabra? Un signo arbitrario. Pero vivimos en las palabras. Nuestra realidad, entre palabras, no cosas. No existe cosa tal como una cosa, de cualquier modo; una Gestalt en la mente. Entidad…sensación de sustancia. Una ilusión. La palabra es más real que el objeto que representa. La palabra no representa la realidad. La palabra es la realidad. Para nosotros, de cualquier modo. Quizá Dios llegue a los objetos. No nosotros, sin embargo.

-Philip K. Dick, Tiempo desarticulado-


Tener un poderoso sentido de la realidad te habilita enseguida para percibir con agudeza la irrealidad de las cosas y ser sensible a las alteraciones del orden real. Si se añade a esto un estado de paranoia permanente que sume al sujeto no solo en la obsesión de ser perseguido o vigilado sino que le proporciona una atención extrema a los signos que lo rodean y los indicios de un significado oculto en cualquier cosa, tenemos el instrumental perfecto para entender a Philip K. Dick, el novelista de ciencia ficción más original del siglo veinte y quizá el más influyente en la cultura actual.
Hasta el punto de que se podría decir que no hay una película, una teleserie o una novela que especule sobre el futuro y la imaginación del futuro, o el presente y las proyecciones del futuro y el pasado en el presente, que de un modo u otro no deje traslucir su marca registrada en el imaginario del siglo, desde películas como la célebre “El show de Truman”, parcialmente inspirada en esta novela, a la exitosa “Origen”, desde las fascinantes teleseries “Wild Palms”, “Dollhouse”, “Person of Interest” o “Stranger Things” hasta la trilogía novelesca “Wayward Pines” y la teleserie basada en ella, pasando por incontables videojuegos.


En  este sentido, Dick es el primer novelista que pone en escena una idea de la ficción impregnada de una visión del mundo muy contemporánea y que podríamos denominar “realismo especulativo” con el fin de conectarla con la tendencia filosófica más estimulante del momento. Es cierto que una parte de la inspiración para esta espléndida novela, que inaugura la estética avanzada de sus novelas de los sesenta, procede de la lectura crítica del famoso caso freudiano del presidente Schreber, uno de los más desconcertantes que ocupó la mente analítica del doctor vienés.
En ese caso vio Dick la posibilidad de darle la vuelta al argumento racional de Freud. Si el psicótico personaje de Schcreber creía en el fondo de su mente perturbada que toda la realidad estaba organizada por una divinidad malvada para poder engañarlo y conducirlo al encierro y la manipulación con mayor docilidad, el personaje de Dick (Ragle Gumm) es realmente encerrado en un simulacro urbano y manipulado con el fin de servir a un superpoder militar y tecnológico durante una guerra civil del futuro entre los habitantes del planeta tierra y los colonos de la luna que se han rebelado contra el gobierno y bombardean a diario las ciudades terrestres.
El talento de Gumm para adivinar estructuras se manifiesta a través de un concurso organizado por un periódico local que le permite predecir las coordenadas del lugar donde caerán las bombas y, al mismo tiempo, hacerse famoso en su mundo. Con objeto de que sirva mejor a sus fines estratégicos, la fantasía infantil de la América consumista donde Gumm se refugia para escapar de la violencia de la guerra es reconstruida materialmente por el poder kafkiano que lo engaña en un descampado sembrado de ruinas y desechos. De este modo, Dick logra dar un ingenioso giro a su historia: la realidad americana de los cincuenta en que escribe y ambienta la novela es extrapolada a unos imaginarios años noventa del siglo veinte como un decorado cinematográfico, con sus accesorios, actores y detalles para conferirle mayor realismo al simulacro.
No en vano, Dick puso en el corazón de “Tiempo desarticulado” a un personaje lúcido que duda sobre las apariencias e indaga más allá de ellas, como el Hamlet de Shakespeare (en cuya obra homónima se inspira el título y el espíritu de la novela), hasta descubrir la impostura conspirativa que recubre la realidad y los signos de realidad que encubren la ficción hasta hacerla parecer más real o verdadera que la realidad originaria.
El sentimiento de poder que podría emanar del descubrimiento de que uno es el centro de un universo construido para alojarlo es limitado, sin embargo, por el compromiso ideológico del personaje con uno de los bandos en liza (los “lunáticos”, los que han escapado de la dictadura de la normalidad burocrática impuesta por el poder, opción política libertaria que Dick reiterará en los “Clanes de la luna Alfana”). Dick subraya así la importancia del sesgo ético detrás de todo acto de conocimiento.
Si se lee como alegoría, en cambio, esta novela funciona como retrato (o autorretrato ficticio) del ambiguo papel del escritor en el contexto sociopolítico de la guerra fría y aún después.

miércoles, 12 de octubre de 2016

HOUELLEBECQ DESCONFIGURADO


[Michel Houellebecq, Configuración de la última orilla, trad.: Altair Diez, Anagrama, 2016, págs. 97]

Para entender un contexto posible de lectura de este espléndido libro de poemas habría que tratar de recordar esa extraña película donde se fingía el secuestro de Houellebecq y se estudiaba al ser humano superviviente bajo la máscara del escritor desde un prisma tan veraz como cruento. Imagínense por un momento a Michel encerrado por sus rudos secuestradores en un sórdido cuarto y forzado para sobrevivir a escribir en un cuaderno de hojas sueltas sus emociones y visiones de la vida y la realidad del mundo en una lengua aséptica e incisiva como un bisturí. Mejor aún sería imaginar a Houellebecq en su doble papel de captor y rehén, carcelero y reo por voluntad propia. Houellebecq habría sido secuestrado por su personaje público y todo lo que escribe en un formato que no sea novelesco expresaría su condición de prisionero de sí mismo en la celda de la fama.
La poesía de Houellebecq enuncia como pocas los límites objetivos del género y de la voz subjetiva que lo encarna con patetismo exhibicionista. El yo agoniza impotente, el ego se ahoga a falta de realidad. Si la individualidad significa fracaso, la poesía es el testimonio gráfico, lúcido y embellecido, de ese modo fallido de padecer la indiferencia del mundo. Todos sus motivos orbitan reiterativos en torno del mismo yo exhausto, sin futuro entre los vivos, sin lugar entre los muertos. En este sentido, cabría considerar el traspaso a la novela como una especie de salvación personal.
Si la obra de Houellebecq fuera un disco de vinilo diríamos que la cara A la ocupan las novelas y la cara B las poesías, los ensayos y demás modalidades de no ficción. Pero es en la poesía, precisamente, donde Houellebecq ahonda en lo que denomina con ingenio “la cara B de la existencia”: “Sin placer ni verdadero sufrimiento / Salvo aquellos que derivan de la usura, / Cualquier vida es una sepultura / Cualquier futuro es necrológico”. La conclusión no puede ser más terrible y, al mismo tiempo, exenta de sentido trágico: “La vida no tiene nada de enigmático”.
“Configuración de la última orilla” se publicó en 2013. Se ubica, por tanto, entre “El mapa y el territorio” y “Sumisión”, su novela más reciente, y refleja, en cierto modo, un estado de espíritu que ha alcanzado el grado último de sus posibilidades expresivas e intelectuales, como si todos sus temas estuvieran al borde de la consumación. La verdad obscena del individuo Houellebecq se encuentra en estos poemas. El espíritu Houellebecq funciona como imperativo moral: la infelicidad, la tristeza y el sufrimiento son la única garantía de que el poeta no incurrirá en las mentiras del propagandista de los valores conservadores de la especie.
El poemario se compone de cinco partes tituladas en minúsculas en ambiguo homenaje quizá al gran poeta norteamericano e. e. cummings. En las dos primeras, la voz de Houellebecq se enfrenta a la “extensión gris” de la existencia donde el tiempo apunta en una dirección desoladora, el envejecimiento y la muerte, obsesión presente en todas sus novelas. En los dos últimos, la (im)posibilidad del amor (“la posibilidad de una isla”, como su famosa novela homónima) y el amor realizado trazan una escapatoria del tiempo que, sin embargo, devasta cuando se eclipsa finalmente sin dejar otro rastro que el dolor intenso y la ausencia traumática del ser amado.
En el centro neurálgico del libro, Houellebecq coloca una docena de poemas polémicos recogidos bajo un título provocativo: “memorias de una polla” (“Los hombres solo quieren que les coman el rabo / Tantas horas al día como sea necesario / Tantas chicas bonitas como sea posible”). Con honestidad y crudeza, Houellebecq se autorretrata como hombre de cuerpo entero frente a la mujer: seducido por la juventud de la vida y los cuerpos y preso de la fijación fetichista con el objeto de deseo masculino llamado “jovencita” (“Las jovencitas se nos dan bien en Francia / (También las hay muy bellas en Italia) / Promesas de felicidad con patas, / Todas orgullosas de sus órganos jóvenes”).
Al final, el poeta Houellebecq sostiene la convicción desengañada de que no hay sufrimiento en el conocimiento ni tampoco consuelo: “Todo lo que no sea puramente afectivo deviene insignificante”. 

lunes, 3 de octubre de 2016

EL PORNO NUESTRO DE CADA DÍA


Hay que rendirse a la evidencia. Con los últimos avances tecnológicos todos nos hemos convertido, de un modo u otro, en productores tanto como en consumidores virtuales de pornografía, actores o espectadores de sus ceremonias y escenarios vulgares. Basta consultar los datos disponibles para comprobarlo. En 2001 la industria pornográfica puso en circulación de diez mil a once mil títulos nuevos. Quince años después la progresión es exponencial. Sólo en Estados Unidos se alquilan anualmente setecientos millones de vídeos pornográficos y los ingresos derivados de su distribución se elevan a catorce mil millones de dólares anuales; una cifra que supera los de la industria cinematográfica tradicional, pero también los del negocio del deporte profesional. De este modo, queda perfectamente establecido el argumento principal: antes que un producto que suscita reprobación moral, ética, estética o cultural, además de poner en crisis nuestras ideas recibidas respecto de la sexualidad, el amor o las relaciones de poder entre los sexos, el porno es uno de los grandes negocios de la economía postmoderna.
Ahora bien, ¿qué tiene el porno que merece ser tratado seriamente hasta el punto de dar lugar a una especialidad académica como los “porn studies”? Para la experta norteamericana Linda Williams, que dedicó al cine porno un estudio exhaustivo y fundacional (Hardcore), inédito en español, la clave del éxito de este género degenerado reside en el “frenesí de lo visible”: el deseo, inscrito en la psique humana, de ver la realidad desnuda, expuesta en su máxima crudeza o despojamiento, más que el simple apetito de ver cuerpos desnudos o actos obscenos.
En este sentido, la originalidad del porno se cifra en dos aspectos centrales: en primer lugar, la perspectiva original, la mirada inédita que produce la imagen pornográfica, y, en segundo lugar, la singularidad irrevocable, el deseo particular que hace que cada uno encuentre en el vasto repertorio del porno el subgénero que lo satisface. De hecho, el deseo puede ser tan variado como los individuos que lo experimentan, pero nadie puede decir que la industria, a pesar de su pobreza imaginativa y sus monótonas fórmulas, no trata de conectar con las variantes eróticas más insólitas de sus usuarios.
El producto porno es democrático y customizado por definición.
No está tan claro, sin embargo, que la mirada pornográfica nazca al mismo tiempo que la mirada científica que se instala en las sociedades occidentales a partir del siglo diecisiete, como una prolongación perversa de su contemplación analítica de la realidad, de su interpretación mecanicista de las relaciones posibles entre los cuerpos. Si para los romanos y otros pueblos antiguos los rituales pornográficos constituían un complemento orgiástico de la vida social, ocasión de fortalecer el vínculo colectivo a través del placer y la diversión sexual, para las sociedades modernas la explicación de la atracción por la pornografía quizá resida en lo que el gran Witold Gombrowicz, autor de una novela titulada justamente Pornografía, consideraba que era nuestra tendencia innata a lo imperfecto, lo inacabado, lo impuro, lo inferior o lo inmaduro.
Quizá por esta razón uno de los aspectos más estimulantes del porno sea la expansión real del amateurismo como dimensión democratizadora del fenómeno. La incorporación actual de los componentes que habían sido tradicionalmente excluidos de la representación pornográfica en aras de un mayor realismo, aunque sea igualmente postizo, o de una mirada más apegada a los parámetros de lo cotidiano definidos por la ideología de la clase media.
En este sentido, la cuestión que no se suele examinar con el suficiente rigor es hasta qué punto el triunfo cotidiano del porno nuestro de cada día, mediante la apropiación de la totalidad de nuestros deseos y fantasías, es la vía definitiva de expansión del capitalismo en nuestros cuerpos y nuestras mentes.