viernes, 21 de julio de 2017

LESBOGRAMAS


[Anne F. Garréta, Ni un día, EDA libros, trad.: Sara Martín Menduiña, 2017, págs. 149]

Extrañar el lenguaje es un medio de desnaturalizarlo y mostrar al desnudo los artificios y trampas que contiene y a los que sus usuarios atribuimos un nivel de veracidad totalmente imaginaria. Extrañar los artificios del lenguaje y jugar con la arbitrariedad del signo lingüístico y con las posibilidades de la literatura fue la práctica deliberada del Oulipo, un grupo internacional de ludópatas de la palabra escrita que constituyeron bajo estas siglas originales uno de los laboratorios más potentes de invención y creación literaria del siglo XX.
Uno de los juegos más frecuentes entre los oulipianos era el lipograma. De origen latino, la técnica consistía en excluir una letra, normalmente una vocal, de la escritura de un texto, ya fuera poema o novela. Anne Garréta, miembro del grupo desde 2000, escribió esta novela premiada empleando muchas técnicas y licencias basadas en la retórica, pero sobre todo imponiendo el “lesbograma” como traba creativa. El libro se compone, por tanto, de doce ejercicios de lo que un pedante derridiano llamaría “lesbogramatología”, o lo que es lo mismo: ejercicios estilísticos de deconstrucción de la supuesta naturalidad del lenguaje realizados en clave lésbica, esto es, ejecutados con la intención lúdica de denunciar la falacia patriarcal del lenguaje heredado y expresar al mismo tiempo, con lógica ironía, las paradojas de la experiencia lesbiana del lenguaje y el mundo.
La autora se impone la obligación de invocar la presencia de una mujer que la haya deseado, o haya sido deseada por ella, o con la que haya mantenido relaciones amorosas, mediante el procedimiento de dedicarle cinco horas diarias a la escritura de los recuerdos de cada una de esas mujeres espectrales. Pero el orden alfabético de las iniciales de los nombres femeninos termina imponiendo su ley sobre el orden numérico de las noches de la escritura, discrepancia entre series narrativas que el índice acredita para hacer aún más juguetón el dispositivo. Al final, la autora confiesa haber hecho trampas, ya que no ha cumplido con la constricción de escritura impuesta ni tampoco ha sido capaz de rememorar a todas las mujeres que hubiera deseado, ni mucho menos de hacerlo sin emplear la ficción.
Esta última confesión desbarata toda la veracidad del libro e invita a sospechar que todo es inventado, o podría serlo, y que en el fondo importa muy poco, ya que lo verdaderamente esencial es la manera con que la sintaxis sinuosa e insidiosa de la autora va cercando la anomalía de su deseo hacia otras mujeres mediante expedientes que convierten a esta falsa novela, más allá de su adscripción estética, en una muestra consumada de arte libertino. Esa tradición tan francesa que conjuga, desde el siglo dieciocho, del modo menos cartesiano imaginable, la inteligencia y el placer, las ideas y los sentidos, la mente y el cuerpo.
Una investigación intelectual en torno del conocimiento subjetivo de la carne y el sexo, como examinan las admirables novelas de Crébillon y, en especial, “Los extravíos del corazón y el espíritu”, citada por Garréta (p. 103), sobre la que el gran comparatista René Étiemble escribió con sutil ironía: “lo esencial, lo mejor, Crébillon lo ha puesto en el análisis refinado de los sentimientos que se ejercen o de los sofismas que se encadenan a fin de llegar a donde uno piensa”.
Ahí donde se piensa, en efecto, es donde llega Garréta con la escritura y el cuerpo, como Chantal Akerman en su cine, en este estupendo libro que es también un método y un discurso del método para la vida y la creación.

miércoles, 19 de julio de 2017

DESMONTANDO ESPAÑA


Cuando éramos niños, en mi clase todos nos sentíamos separatistas como Puigdemont y Junqueras. El profesor de geografía nos daba un mapa de la península ibérica y una cuchilla de afeitar y nos decía que teníamos que recortar con precisión las provincias y regiones que constituían el territorio español. Algunos se aplicaban a la tarea con ahínco, delimitando con finos cortes las lindes exactas, mientras otros, más libertarios, aprovechaban para trazar, con mirada soñadora, cartografías fantásticas sobre un país dominado por un dictador grotesco que estaba ya en las últimas. Con este método incisivo, aprendíamos mucha geografía real y comprendíamos al mismo tiempo la arbitrariedad absoluta de las divisiones nacionales.
Años después, en otra escuela, Borges me enseñaría que los mejores cartógrafos son los que diseñan un país en la imaginación y luego se lo imponen a la realidad, como hacen ahora los nacionalistas catalanes e hicieron en otros siglos los que crearon España y luego la dividieron en regiones y provincias para favorecer las diferencias tribales y gobernar sin problemas. Todo regionalismo, tarde o temprano, degenera en nacionalismo.
«Soy como Dios», proclama Puigdemont en plena tramontana mental, sin percibir que sus amiguetes de la izquierda republicana le están incrustando el puño dialéctico a traición para controlar el proceso secesionista y precipitar su caída política. Como en un retorcido remake de «La invasión de los ladrones de cuerpos», los alienígenas no son los españolistas sino los catalanes que no ceden su soberanía a la ley del más fuerte. El simulacro de referéndum será un éxito para unos aunque fracase y un fracaso para otros, aunque triunfe la legalidad constitucional, ofreciendo un espectáculo bochornoso que la democracia española debería ahorrarse.
El Estado español, como la criatura del doctor Frankenstein, fue construido con derechos desiguales, particularidades falaces e intereses creados. En el siglo XXI, la España de las taifas autonómicas, las fantasías nacionalistas y las provincias mentales es una pesadez cargante. El mundo contemporáneo lo componen las ciudades y los flujos migratorios entre ciudades. Si la UE no acaba de funcionar es porque los estados soberanos imponen trabas a un proceso de redefinición del territorio inaceptable para muchos, como evidencia la necedad reaccionaria del Brexit.
El desafío catalanista debería servir para repensar España, olvidando traumas históricos, y aliviarla de corsés anticuados y costosos. Repensar España sin trincheras políticas, pensando en las necesidades reales de los ciudadanos. Y estas, gusten o no a ciertos gobernantes, pasan cada vez más por una gestión eficiente y justa de los recursos públicos que por la dudosa seducción del nacionalismo trasnochado o la inercia institucional impuesta por los partidos mayoritarios. Algún día, como Borges predijo, mereceremos no tener gobiernos. De momento, yo me conformaría con librarnos de reyezuelos regionales, caciques provincianos y todo su séquito parasitario. Aviso: el próximo Barça-Madrid puede ser tremendo.

lunes, 17 de julio de 2017

EL CINE Y LO REAL


[Horacio Muñoz Fernández, Posnarrativo. El cine más allá de la narración, Shangrila, 2017, págs. 36]

Muchos creerán antes de leer este libro que son las series de televisión las que han empujado al cine más allá de la narración. O que el cine creativo, al abandonar la función prioritaria de la fabulación, ha permitido que las series se conviertan en el formato narrativo dominante en esta segunda década del siglo veintiuno. Nada más alejado de la verdad.
La complejidad del cine contemporáneo responde en exclusiva a sus propias exigencias artísticas y comerciales, a sus medios de producción y a sus infraestructuras de distribución y exhibición. Siempre ha existido un cine que ponía entre paréntesis la necesidad de la narración como fundamento de su creación y ponía el foco, más bien, en las dislocaciones del montaje, los juegos angulares, las perspectivas aberrantes sobre la realidad y la experimentación con las imágenes.
El cine, en este sentido, nunca ha sido una forma artística única. Junto al cine comercial y mayoritario siempre ha habido experiencias creativas minoritarias. Hasta aquí nada nuevo. Con el advenimiento de la era digital y la renovación del arsenal de recursos y tecnologías para producir películas, se han liberado muchos mecanismos antaño controlados por la industria que han supuesto la aparición de un contingente importante de prácticas cinematográficas y nuevas formas de circulación y consumo.


Esta rigurosa monografía examina esta evolución del cine a la luz de tres categorías principales que habrían producido la superación de lo narrativo: el espacio, el tiempo y el cuerpo. O lo que es lo mismo, el viaje a la inmanencia de las sensaciones, la duración y la fisicidad tangible emprendido por la cámara para permanecer apegada a las vivencias crudas de un cuerpo transformado en sensibilidad extrema. El gesto de ir más allá de lo narrativo no supone, por tanto, solo una refutación de los conceptos clásicos de historia y personajes, ni una recaída en el formalismo o la abstracción vanguardista, sino una tentativa de construcción fílmica de una experiencia sensorial y afectiva más próxima a lo real, tanto para los realizadores de la película como para quienes asisten a su proyección, en cualquier espacio donde esta tenga lugar.
Una de las tesis más interesantes de Muñoz Fernández es, precisamente, que la condición necesaria para la aparición de un cine posnarrativo no es solo la actitud de sus creadores sino la de sus potenciales espectadores. Ya sea en salas comerciales, festivales, museos, filmotecas, internet o en televisiones y ordenadores personales, la cinefilia 2.0 es la que abre la posibilidad de un cine nuevo que apela desde todas las pantallas a todos los espectadores por igual y a ninguno en particular, aunque se conforme luego con el consumo minoritario habitual.
Los ejes vitales del libro son la percepción del espacio y del tiempo, el paisaje natural o urbano, que se da en cineastas como Béla Tarr, Pedro Costa, Lisandro Alonso, Albert Serra, Jia Zhang-ke, Olivier Assayas o Gus Van Sant, así como la reconfiguración de las relaciones de la cámara con el cuerpo, con o sin sexo, que se da en cineastas fundamentales del presente como David Lynch, Bruno Dumont, Tsai Ming-liang, Claire Denis o Philippe Grandrieux.
Mi única discrepancia seria con el autor reside en su excesiva valoración del grado de aproximación a la realidad que mantienen estos y otros grandes directores para considerarlos más o menos avanzados e innovadores. Hasta el punto de tildar de retaguardia a esa facción del cine, con el gran Sokurov a la cabeza tras la muerte del genial Raoul Ruiz,  que se refugia en el gabinete fáustico para experimentar con los artificios técnicos y la alquimia visual de las imágenes.

viernes, 14 de julio de 2017

DEVENIR INDIO


[Rudolph Wurlitzer, Nog, Underwood Editorial, trad.: Rubén Martín Giráldez, 2017, págs. 190]

Si alguien quiere saber de dónde procede el pulpo Grigori de “El arco iris de gravedad”, que lo busque en esta asombrosa novela de Rudy Wurlitzer, guionista de cine reconocido y novelista de culto admirado por Pynchon, entre muchos otros. La producción novelística del guionista profesional siempre entraña un enigma y un problema que no se manifiestan en su alter ego, el novelista reconvertido en guionista para ganarse la vida. Wurlitzer fue guionista de cineastas de carácter intransigente como Monte Hellman, Sam Peckinpah y Alex Cox. Ya solo por “Carretera asfaltada en dos direcciones”, “Pat Garrett & Billy el Niño” y “Walker” deberíamos considerar a Wurlitzer uno de los más originales guionistas del cine americano de los setenta y ochenta.
“Nog” es una novela lisérgica y no me extraña que fascinara a Pynchon como gran parada carnavalesca americana (con el pulpo en la batisfera como icono de su mundo grotesco) travestida de novela de carretera dislocada y travesía delirante por los paisajes y parajes menos cartografiados de la geografía nacional. “Nog” participa a fondo de la cultura psicodélica asumiendo en su discurso sincopado y en la figuración de sus secuencias y escenas los recursos alucinantes que proceden del abuso de ciertas sustancias. Los tropismos novelescos que marcan el viaje mítico a los orígenes, con las ocho estaciones simbólicas de sus ocho capítulos, surgen directamente de la mente del narrador alterada por la virulenta acción de los agentes psicotrópicos.
Dice Erik Davis, en el prefacio a una reedición reciente, que “Nog” es una de las grandes novelas de la contracultura americana, ese gigantesco experimento social, sexual, ético y estético, moral y musical, bioquímico y político, mediante el que una parte de la juventud americana de los años sesenta y setenta abandonó la vida convencional y se lanzó a la carretera y los caminos, formando comunas nómadas y fantaseando con fugarse de la civilización occidental. Como todas las ilusiones de la inmadurez, este devenir indio del joven blanco anglosajón se reveló un sueño imposible y en una década los mismos que habían abanderado descamisados esa gran mutación cultural se hicieron, sin apenas transición, ejecutivos millonarios de Wall Street, gestores corporativos o directivos de compañías discográficas.
En “Carretera asfaltada”, los fotogramas se detienen, el celuloide se quema y la película termina abruptamente. En “Nog”, en cambio, ese espíritu salvaje que había nutrido el mejor cine de Peckinpah, una intersección de romanticismo y nihilismo transmutada por la violencia extrema de los gestos viriles, conduce a un final más plácido. Una suerte de revelación budista del vacío y la nada que aguarda al viajero al final del trayecto, cuando la navegación agota la promesa del horizonte y la orilla se ofrece como un regreso al hogar. Tomando un taxi y volando de vuelta a una Nueva York que el escritor quizá nunca abandonó más que con la mente, mientras su personaje fantasma, el corpulento Nog, emprendía un viaje crepuscular más allá del oeste pero no más allá de la muerte, como hacía el “Hombre muerto” de Jim Jarmusch, ese guión que Wurlitzer escribió (“Zebulón”) y nadie quiso filmar antes de que Jarmusch lo plagiara para realizar su única obra maestra.
“Nog” acaba en la vacuidad contemplativa pero antes de eso, antes de enfrentarnos a la frontera última de la experiencia del yo y el espacio-tiempo, narra “un viaje de ninguna parte a nadie”, como dice Davis, que es, como en los textos terminales de Beckett, maestro indiscutible de Wurlitzer, uno de los periplos filosóficos más radicales que el lenguaje y la cultura no pueden asumir mientras pretendan preservar su estabilidad y poder. 

martes, 11 de julio de 2017

PENSAMIENTO REALISTA


[John Gray, Misa negra. La religión apocalíptica y la muerte de la utopía, Sexto Piso, trad.: Albino Santos Mosquera, 2017, págs. 339]

Hoy, como entonces, se cree que nada puede detener a los seres humanos a la hora de rehacerse a sí mismos y de rehacer el mundo en el que viven según les plazca. Esta fantasía subyace a muchos aspectos de la cultura contemporánea, por lo que, en tales circunstancias, lo que necesitamos es un modo de pensar distópico.

-John Gray-

El realismo puede ser una estética dudosa cuando se habla de cine, literatura o arte en general, pero cuando se trata de pensamiento, tras las terribles convulsiones sociales, históricas y políticas del último siglo, es la única forma de garantizar una relación productiva entre el cerebro humano y la realidad en la que se integra y, sobre todo, de frenar la tendencia espontánea de la mente a elaborar interpretaciones de la realidad que supongan fugas fanáticas de esta a través de la creación de mitos de redención o mixtificaciones nocivas sobre el papel de la especie en el mundo.
Este espléndido libro de Gray, uno de los grandes analistas del mundo contemporáneo, fue publicado en 2007, cuando el desastre de la guerra de Irak comenzaba a ser manifiesto y el segundo mandato de Bush se volvía un espectáculo bochornoso. Y, sobre todo, antes de que estallara la crisis financiera que aún estamos pagando. Este último aspecto es decisivo, un decenio después, para poner entre paréntesis el vaticinio de un futuro más optimista, a pesar de todo, que se realiza en las últimas páginas.
Como lector asiduo de Gray, sin embargo, uno tiene la sensación de haber leído ya muchos de los argumentos de este libro en los libros posteriores del autor y, muy en especial, en los últimos publicados La comisión para la inmortalización, El silencio de los animales y El alma de las marionetas.  No obstante, lo que admira de Gray es su capacidad para neutralizar con eficacia en el discurso de sus libros las críticas ideológicas de izquierda o de derecha. Uno lo ve empeñado en machacar sin piedad las ilusiones revolucionarias de los jacobinos franceses, los marxistas-leninistas soviéticos o los maoístas chinos, con cifras aplastantes de catástrofe masiva y genocidio sistemático, y poco después, en otro capítulo, lo encuentra triturando, con la misma energía demoledora y la misma violencia fría de los datos y las ideas desnudadas de su retórica propagandística, los daños criminales del nazismo germánico y la patológica voluntad de poder de Hitler y sus cómplices, o el utopismo falazmente democrático del imperio americano liderado por Bush y sus rapaces neoconservadores tras el 11 de septiembre de 2001.
Y es que Gray, si es un conservador, lo es de nuevo cuño. Un conservador que refuta la idea humanista e ilustrada de progreso y la promesa utópica de transformación del mundo, religiosa o laica, como las armas de destrucción más devastadoras concebidas por el hombre. Ese programa totalitario y esa promesa peligrosa afectan por igual a todos los idearios que se han disputado el poder en el escenario de la historia de los dos últimos siglos: anarquistas, comunistas, fascistas (cristianos o islámicos), pero también los gobernantes occidentales que han pretendido expandir la democracia por el mundo con la fuerza bruta de la persuasión militar y económica.
Gray no escatima argumentos para probar su tesis, disecciona teorías y discursos, analiza hechos significativos, personalidades carismáticas, ficciones y perversiones de la historia sangrienta del siglo XX, hasta alcanzar la conclusión irrebatible de que el antídoto más contundente contra los excesos de la sinrazón utópica es el pensamiento realista. El pensamiento realista, como Gray reconoce, tiene la virtud de ser maquiavélico en su comprensión de los influyentes mecanismos del poder político y el único defecto de ser impopular. Ya se sabe que el ser humano no se caracteriza, precisamente, por afrontar sin filtros imaginarios la verdad que emana del análisis desapasionado de la realidad. De ahí quizá, siendo Gray un ateo reconocido, el papel paradójico que atribuye a la religión en la vida de la gente. Una vía mental hacia la ilusión de que más allá de la mezquina realidad tal vez exista un mundo espiritual asequible y un vínculo comunitario gratificante.
Lo más original del pensamiento realista propugnado por Gray es, sin embargo, su asociación con la visión distópica del mundo procedente de escritores como Wells, Huxley, Orwell o Zamiatin, entre los modernos, y Dick, Nabokov, Burroughs o Ballard, entre los posmodernos. De hecho, la situación actual representa, con la matanza de Siria y el terrorismo del Isis como nuevos agentes impulsores, la consumación del pensamiento de Gray sobre el milenarismo del terror y el mito del apocalipsis occidental.

lunes, 10 de julio de 2017

EL FANTASMA DE LA LIBERTAD


[John Gray, El alma de las marionetas, Sexto Piso, trad.: Carme Camps, 2015, págs. 143]

El fantasma de la libertad es el irónico título de una de las películas más incomprendidas de Buñuel. Parte de ese malentendido procede de la época en que la realizó, a mediados de los setenta, en plena expansión social del libertarismo contracultural. Y otra parte, más importante aún, de la irreverencia cómica con que el genial cineasta abordó el ideal de la libertad: mito fundacional de la modernidad ilustrada y uno de los pilares constitucionales de la subjetividad moderna, según el romanticismo literario.
Para Buñuel, agudo conocedor de la naturaleza humana y de su increíble poder mental para convencerse de la realidad de sus ilusiones, la libertad es el valor con que los seres humanos dicen guiar los actos de sus vidas mientras todo en ellos, como muestra la película con ridícula obscenidad, ya sea la pasión erótica, la creencia religiosa, el ideal moral, la costumbre mundana, la identificación profesional o la rutina cotidiana, solo busca la sumisión, el sometimiento o la servidumbre.
“¡Oh, Libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!”, proclamó Madame Roland al pasar por delante de la estatua de la Libertad erigida en la plaza de la Revolución (hoy de la Concordia) momentos antes de ser guillotinada por traicionar a la revolución jacobina en la que había creído hasta entonces como una ingenua girondina.
Este excelente ensayo de John Gray cifra la importancia de la cuestión utópica de la libertad en la forma en que esta ha sido entendida a lo largo de la historia, como un desafío perpetuo a los límites de la inteligencia, tanto oponiéndose al libertinaje gratuito de los dioses y la irracionalidad de los animales, como, más tarde, al mimetismo inerte de muñecos, autómatas, androides, maniquíes y demás seres creados por los humanos como réplicas de sus rasgos singulares.
De ese modo, como expuso Kleist en un texto famoso, la conciencia humana aspiraba a recuperar la gracia perdida con la caída del Paraíso, según el relato bíblico, mediante un antagonismo creativo con los maleficios de la divinidad y las restricciones del animal. El aciago demiurgo, con sus desmanes, enseñó a los gnósticos una doble lección intemporal: la obligación de distanciarse de la creencia pasiva en la bondad divina y el anhelo de conocimiento como superación de los orígenes infames.
No obstante, la creación material de seres subordinados (entre los citados por Gray: los títeres de Kleist, la autómata de Villiers, el Golem de Meyrink, los maniquíes de Bruno Schulz o los androides de Dick), privados de una apariencia de libertad, enfrentaría a los humanos, como en el cuento de Andersen sobre la vida de las marionetas, a la verdad de su condición trágica.
“Más humanos que los humanos”, los replicantes de Blade Runner no solo se rebelan, como el titán Prometeo, contra su destino y su ingeniero creador sino que nos recuerdan la terrible fragilidad de la existencia y la conveniencia de asumir la caducidad y la muerte, como quería Leopardi, para vivir más intensamente una vida libre de angustias y mortificaciones inútiles. Como sentencia Gray, una época definida por la sobreexposición a internet, el desarrollo policial de sofisticados medios de control, los avances en inteligencia artificial e ingeniería cíborg y el despliegue de máquinas informáticas cada vez más autárquicas, vuelve a enfrentar a la especie humana, confirmando a Buñuel, con el círculo vicioso de la historia secular: “solo criaturas tan imperfectas e ignorantes como los seres humanos pueden ser libres del modo en que son libres los seres humanos”.

miércoles, 5 de julio de 2017

POSVERDAD


Cuando ciertas palabras entran en el diccionario, el lenguaje se tambalea. Las palabras flaquean, los significados fallan. Así pasa con la posverdad. Da igual quién la creó o con qué fin. Lo importante es su utilidad en la era de la corrección política donde cada cosa tiene un nombre distinto del que le corresponde.
En un mundo que ha abandonado la verdad como marco, con partidos políticos elaborando clichés evasivos que sus representantes deben repetir, como androides, cada vez que son preguntados sobre asuntos comprometidos, con discursos que prometen lo imposible y nombran con eufemismos las realidades más crudas, no pasaría mucho tiempo sin que todo se volviera falso.
Algunos ingenuos creen que la posverdad se inventó para denigrar al enemigo y no a ellos. Conviene tener cuidado. Una palabra de doble filo como esa, cuando se vuelve arma arrojadiza, pasa a servir a cualquier causa y quienes la usan con frecuencia pueden verse atrapados en el bucle del sinsentido. Hace falta ser muy sutil para esquivar sus trampas retóricas. Posverdad es el mantra de periodistas y políticos para enmascarar la verdad: no existe un lugar preservado donde no impere su lógica falsaria.
El reino de la posverdad se extiende sobre un mundo de signos hostil al pensamiento. La impostura se construye con parches de siglas y retales de neolengua tecnócrata. La amnistía fiscal se llama “regularización” y “reprobación” el varapalo parlamentario al ministro resabiado que la maquinó. El carnaval LGTBI desfila por Madrid con plena bendición institucional días después de que la monarquía condecore a un siervo franquista como servidor democrático y el filósofo Žižek abarrote el CBA como una estrella mediática propagando un retorno desesperado al socialismo burocrático. La previsión del PIB se eleva sin control mientras las notas de la PEvAU caen en picado en un país donde “moderado” es el elogio de moda, nadie puede ser nada mejor, y “radical” el nuevo denuesto decidido por consenso, nadie puede ser nada peor.
El capital sexual de la economía española, me dice un amigo tras realizar una encuesta entre mujeres, se sustenta en el ministro de Guindos. Tal es su atractivo que ha precipitado el adelanto de las rebajas veraniegas. Quién sabe si para satisfacer una demanda secreta o una oferta inconsciente. Gestación subrogada, la llaman los finos estrategas de Ciudadanos, vientre de alquiler, los detractores de una izquierda anticuada, y embarazo compartido, los folletos publicitarios de algunas clínicas prohibitivas.
Y así la realidad, cada vez más compleja, acaba configurándose con arreglo a las palabras dominantes y lo que no se nombra, o se nombra con subterfugios, desaparece de la vista y de todas las pantallas que la mantienen activa. De Siria y de Venezuela, por eso, mejor no hablar, faltan las imágenes y sobran las palabras. Y una palabra sobre todas, ética. 

viernes, 30 de junio de 2017

EL CEREBRO ES DIOS


[Daniel Tammet, La conquista del cerebro (Un viaje a los confines y secretos de la mente), Blackie Books, trad.: Ismael Attrache, 2017, págs. 332]

El cerebro es Dios y nosotros sus fieles servidores. Así ha sido desde el principio de nuestra andadura como especie en la tierra y así será hasta el fin de la historia en que los cerebros humanos cedan el dominio a cerebros e inteligencias artificiales creados por ellos a imitación y semejanza de sus circuitos neuronales y funciones cognitivas. Esto explica la historia de la cultura y la historia de la técnica. Toda la historia humana cifrada en la relación de los individuos y la especie con ese órgano que es todo para nosotros, como el monolito de “2001” de Kubrick, con el que monos y astronautas mantienen una relación reverencial. El cerebro destila inteligencia y controla el sistema nervioso y los órganos sensibles. El dialogo con él es la base de todo lo que hacemos. Pero vive amenazado en permanencia por la enfermedad, el desuso o la disfunción.
Como contó en su autobiografía (“Nacido en un día azul”), Daniel Tammet es un “savant”, es decir, una paradoja humana: alguien que en su infancia se mostró como un autista, desconectado de los procesos convencionales del aprendizaje, y que después fue considerado un superdotado, alguien con dotes superiores para la adquisición del conocimiento lingüístico y matemático. Y este es uno de los puntos fuertes del libro a la hora de prestarle autoridad y credibilidad a su discurso. Tammet es un excelente divulgador, además, en un ámbito especializado donde los científicos se arrogan con soberbia los prestigios del saber y los charlatanes opinan sin fundamento.
Partiendo del poema de Emily Dickinson donde se celebra la magnitud del cerebro (“El cerebro es más amplio que el cielo”), Tammet despliega un recorrido argumental asombroso, orbitando en torno al cerebro y a su problemática con admirable amenidad y gran conocimiento. La especie humana ha sentido siempre veneración y temor al cerebro. Cuando era ignorado, se le atribuían cualidades divinas y a medida que la ciencia lo fue diseccionando se lo quiso reducir al funcionamiento maquinal de un ordenador, como pretendieron los cognitivistas, más interesados en crear cerebros artificiales utilizando como modelo precursor el cerebro humano que en indagar en la prodigiosa vida de este.
Capítulo tras capítulo, Tammet tiene la inteligencia de ir analizando las múltiples formas de la inteligencia, las experiencias y las ideas históricas sobre el cerebro, con el fin de esclarecer cuál debería ser nuestra relación más provechosa con él y su extraordinario potencial y disipar las mistificaciones que nos han impedido comprender su plasticidad y enorme poder. Para empezar, el cerebro es democrático. Salvo que exista alguna enfermedad hereditaria, todos los humanos, sea cual sea su raza o sexo, nacen con las mismas oportunidades formativas. El contexto será, en gran parte, el que formatee e instruya ese cerebro y le permita o no desarrollar sus facultades intelectivas. Aquí reside la importancia de la educación: corregir los déficits de los entornos sociales, culturales o familiares. Un cerebro debe alimentarse bien desde el principio y Tammet habla sin complejos del “alimento para la mente”.
Vivimos en una sociedad tecnocrática dominada por el saber trivial y la intoxicación informativa. Uno de los capítulos más luminosos del libro afronta esta trascendental cuestión. Cómo sobrevivirá el cerebro a los excesos de información inútil y los vicios intelectuales y nuevos modos de conocimiento inducidos por el abuso de internet. Al menos si queremos preservar la posibilidad de un futuro humano, como dice Tammet: un futuro donde el límite entre humano y máquina sea tan nítido como la luz del amanecer.

martes, 27 de junio de 2017

AUTOBIOGRAFÍA NOCTURNA


[Michel Leiris, Noches sin noche y algunos días sin día, Sexto Piso, trad.: David M. Copé, 2017, págs. 243]

Une monstrueuse aberration fait croire aux hommes que le langage est né pour faciliter leurs relations naturelles...En disséquant les mots que nous aimons, nous découvrons leurs vertus les plus cachées et leurs ramifications secrètes qui se propagent à travers tout le langage.

[Una monstruosa aberración hace creer a los hombres que el lenguaje nació para facilitar sus relaciones naturales…Al disecar las palabras que amamos, descubrimos sus virtudes más ocultas y sus ramificaciones secretas que se propagan a través de todo el lenguaje.]

-Michel Leiris, Mots sans mémoire-
           
Los sueños han sido siempre un motivo equívoco. Los antiguos siempre le atribuyeron un poder mágico. En el siglo dieciocho, según cuenta la baronesa Blixen, en la buena sociedad era considerado tedioso y de mal gusto contar los sueños que uno hubiera tenido la noche anterior. La mención al acto de dormir podría resultar provocativa en un mundo aristocrático donde la cama era objeto exclusivo de litigio marital o adulterino. Todo cambia por primera vez con el romanticismo, que hace del sueño y de la evasión onírica a realidades menos ásperas uno de los puntos fuertes de su ideario.
Freud revoluciona el conocimiento de los sueños a finales del siglo diecinueve cuando les atribuye la condición de apertura a la ciénaga del inconsciente individual y la vida psíquica. Además, descubre tras las imágenes y las palabras de los sueños una retórica de asociaciones y combinaciones, condensaciones y sustituciones que vuelven locas las categorías inocentes con que hasta entonces se había entendido el acto de soñar.
Pero son los surrealistas (mal llamados así en español, sería más correcto llamarlos superrealistas) los que revolucionan el arte y la literatura de los años veinte, en un contexto cultural tan cartesiano como el francés, cuando incorporan la fusión de realidad y sueño a sus intempestivos manifiestos y actuaciones. Entre sus obras más originales y subversivas siempre conviene incluir “Un perro andaluz”, un autorretrato psicótico y visionario de la masculinidad surgido de la intersección del cerebro febril de Dalí y las manipulaciones oculares de Buñuel.
Michel Leiris (1901-1990) fue uno de los grandes periféricos del surrealismo, uno de esos escritores, como Gracq, Bataille, Queneau o Klossowski, inseminados por las genuinas aportaciones del movimiento artístico e intelectual liderado por el pope André Breton. Desde muy pronto, a Leiris le interesa utilizar la escritura para profundizar en los aspectos más turbios de su psique y afianzar una relación entre esta y su vida con el fin de transformar la literatura, como dice en uno de sus textos más famosos, en una tauromaquia. Es decir, en un ritual de peligro y desafío donde el escritor se arriesgue, convocando a la bestia negra encerrada en su psique, a recibir una cornada en el ego mientras torea a la fiera con alambicados juegos de palabras y una sintaxis exacta y elegante.
Con este planteamiento singular, Leiris dio a luz una primera tentativa lograda de autobiografía parcial (“Edad de hombre”; 1939) y luego su notoria tetralogía total (“La Regla del Juego”; 1948-1976). Este libro inimitable lo concibe como un dietario de sueños y comienza a escribirlo a partir de 1924, antes de sus proyectos autobiográficos más rigurosos, cuando era un poeta nervaliano aficionado a los retruécanos novelescos de Raymond Roussel y un veinteañero atraído por la etnología, una de las pasiones de su vida, y lo clausura en 1960, cuando la fórmula patafísica parece agotada.
Leiris anota sus sueños, les añade jugosos comentarios o los completa con recuerdos asociados. Algunos sueños descritos funcionan como aforismos o microrrelatos y otros como novelas comprimidas con un toque kafkiano indudable. El erotismo es el agente provocador de muchos sueños registrados: un erotismo que revela los fantasmas y obsesiones sexuales de Leiris así como de toda su generación, hasta el punto que algunos de ellos adoptan los rasgos de famosos cuadros surrealistas o de pintores afines como Clovis Trouille.
En uno de sus libros menos conocidos, “La Boutique obscure”, inspirado por Leiris, Georges Perec relata 124 sueños y dice que el sueño es una “película imposible” donde el soñador hace a la vez de actor principal, director y espectador. Así se comporta Leiris en los mejores sueños de este maravilloso compendio onírico de su vida mental nocturna.

viernes, 23 de junio de 2017

PALIMPSESTO ORIENTAL


The Kitab Alf Laylah Wah Laylah, or Book of the Thousand Nights and a Night, would seem to be in this category as well, but in curious fact it refers immediately neither to the book thus titled nor to the period of Scheherazade's liaison with King Shahryar, but rather to a book described by the book thus titled, itself entitled The Marvels and Wonders of the Thousand Nights and a Night, which book in turn, the text itself explains, is a popular edition of yet another book (in thirty volumes) called The Stories of the Thousand Nights and a Night. That is the original book of the scribes' transcription of the tales told by Scheherazade to the king, plus the tale of Scheherazade telling those tales to the king. The book we hold in our hands is a book about a book about that book; it might properly be entitled The Book of the Book of the Book of the Thousand Nights and a Night.
            Rather, it is a copy of a translation of that book about that book about that book, just as that innermost book is a written copy of Scheherazade's spoken tales, themselves recited from her memory of the "thousand books of histories" in her personal library and the "works of the poets," which she knew "by heart"…

-John Barth, The Friday Book-

[Salvador Peña (traductor), Mil y una noches, Verbum, págs. 2108 (4 vols.)]

El mundo está hecho de historias. Historias que son contadas una y otra vez y que crean como por ensalmo mágico de sus palabras la misma sustancia del mundo. Ficción de ficciones, historias de historias, ramificándose y proliferando al infinito, para construir la idea del mundo que corresponde al cerebro humano. Ese es el sentido último de la arquitectura narrativa del Libro de las “Mil y una noches”, magníficamente traducido por Salvador Peña.
La génesis textual del libro lo convierte en un verdadero palimpsesto: una obra elaborada durante siglos tanto por sus creadores anónimos, escribas cultos que recopilaban historias populares, como por sus múltiples lectores y traductores a lo largo de los siglos. Una suma narrativa de esta envergadura exhibe todo el esplendor del acervo oriental: cuentos hindúes, chinos, persas, árabes, judíos, egipcios, etc. Por otra parte, esta cualidad permitiría entenderla como una obra abierta: una novela polifónica compuesta como un centón de historias inmortales, como las llamaría Isak Dinesen, gran admiradora de esta grandiosa colección de ficciones que celebran el poder excepcional de la ficción sobre la realidad.
Todo el mundo conoce la historia de la narradora Shahrazad, emblema de la figura universal del narrador. El rey Shahriar desvirga a la narradora la primera noche y esta se abre como una caja de historias a un tiempo divertidas y terribles, realistas y fantásticas, picarescas e increíbles, escabrosas y delicadas, refinadas y groseras. Asistida por su hermana pequeña Duniazad, que cada noche la insta a proseguir hasta la llegada del amanecer con la historia interrumpida la noche anterior, Shahrazad juega con las expectativas y posibilidades narrativas durante mil y una noches, contando a su desflorador, tras copular con él, un total de 268 cuentos y dando a luz, al mismo tiempo, a tres hijos. Y las historias y exhibiciones de erudición de Shahrazad pueden entenderse muchas veces como ecos deformes de los episodios de su convivencia conyugal con el rey Shahriar.
Por buenas que sean las historias que cuenta Shahrazad, ninguna lo es más que su propia historia, la única que ella no cuenta, precisamente. La de dos hermanos, el rey de la China y la India y el rey de Samarcanda, que descubren la lascivia hiperbólica de las mujeres y deciden vengarse casándose cada día con una virgen distinta, desflorándola durante la noche y decapitándola cada amanecer antes de que el sacrificio de Shahrazad frene la carrera criminal de Shahriar, dejando que la posea cada noche y salvando el cuello contándole una historia que se posterga y mantiene la fascinación del rey hasta la noche siguiente.


Las mil y una noches transcurridas en el libro están al servicio de un mecanismo narrativo que imbrica sexo y literatura. El sexo no es solo un aditamento precioso a la malicia de las historias o un afrodisíaco para lectores adolescentes o seniles. El sexo es, sobre todo, un lubricante necesario al dispositivo puesto en marcha para que funcione de principio a fin, noche tras noche, con cálculos exactos, la ambigua estrategia de la narradora para salvar la vida de miles de vírgenes y poder a su vez salvar la propia vida, jugando con la lujuria masculina y los ritmos de la fertilidad femenina. Cabe formular aquí una interrogación ideológica: ¿son, entonces, las “Mil y una noches” una obra de feminismo subversivo, un puro ejercicio de misoginia, o una alegoría consumada del heteropatriarcado?
Más allá de esta cuestión polémica, la clave literaria de las “Mil y una noches” es la relación entre el escritor y el lector. El poder de la “ciencia del cálamo”, como se la llama en el libro, y la magia de la escritura para seducir la mente del receptor.

miércoles, 21 de junio de 2017

ESCUELA DE CALOR

 
            
Superada la cuarentena, la democracia española se abochorna con la corrupción y las altas temperaturas.

La temperatura sube sin parar y la realidad se reblandece como los cerebros. Pasamos del calor al bochorno y al sofoco en cuestión de segundos. Por más que se abaniquen la cara ante las cámaras, los consejeros de la mala educación española no se aclaran. ¿Estamos en 2017 o en 1977? Viendo la tele pública nadie sabría decirlo con exactitud. Un reportaje pomposo celebra la cuarentena democrática como prueba de madurez nacional mientras en un canal privado se revela que todo fue un tremendo amaño mediático para hacer que los votantes españoles eligieran con inteligencia. La manipulación del ente es monumental.
Llamadme pajillero, si queréis, pero el 15 de junio de 1977 yo tenía catorce años y mi mayor preocupación no era el resultado de las elecciones sino el sustento imaginario de mis erecciones. Era uno de esos adolescentes trastornados por el espectacular despliegue de desnudos femeninos en las revistas de la época. Mientras mis padres acudían en la calurosa tarde al colegio electoral más cercano para desvirgar la primera urna de su vida de votantes, yo me la sacudía a muerte, como el buen salvaje de Rousseau, examinando el despelote glorioso de mi guapa amante de papel. Me las había arreglado antes para robar el último “Interviú” del dormitorio paterno y quedarme a solas con la llamativa portada y la ardiente galería de poses fotográficas alojada en las páginas interiores.
Yo no pensaba, en pleno arrebato, en la importancia objetiva de la simultaneidad de ambas acciones. Es evidente para mí desde hace tiempo. Más allá de la manipulación mediática, lo que hizo de nosotros, los degenerados de entonces, unos demócratas convencidos no fueron las argucias de Suárez, ni las tretas de sus socios y aliados, sino las tetas impúdicas y la guarrería sexista del “Interviú” y demás revistas eróticas. La energía libidinal es el fermento de cualquier democracia. Una convicción atávica que entra por los ojos y se imprime en la profundidad de la piel y en las sensaciones íntimas del cuerpo soberano. Igual que la dictadura movilizó la represión católica y su hueste de taras morales para fortalecerse, la democracia fomentó el libertinaje carnal y todo su gozoso desparrame.


Ha pasado el tiempo y ya nada es lo mismo, sin duda. Pero que no nos engañen otra vez con fríos maquiavelismos televisivos. Todos los que vivimos aquellos intensos años de inmadurez política sabemos perfectamente qué fue lo que cimentó el éxito de la Transición. El capital sexual de la democracia y de sus líderes más deseados se expandía por la sociedad como un flujo afrodisíaco, excepto entre las momias nostálgicas del franquismo. Es bueno recordar esta historia tórrida ahora que algo huele a podrido en la democracia española, como repite el mantra podemita, y la única explicación, mira por dónde, no es el calor. 

lunes, 19 de junio de 2017

PUGILISMO LITERARIO


 [Vladimir Nabokov, Opiniones contundentes, Anagrama, trad.: María Raquel Bengolea y Damià Alou, 2017, págs. 372]

Ante un libro como este, solo caben dos opciones. Pasar de largo y proseguir un camino sembrado de falacias y medianías, o adquirirlo con valentía para entablar con él un combate agónico. Acceder por la puerta grande, sin profilácticos mentales, al mundo de ideas y convicciones del autor de “Lolita”, “Pálido Fuego” y “Ada, o el ardor”, sus tres obras maestras absolutas y tres de las novelas más originales del siglo veinte, es una de las principales cualidades de esta extraordinaria recopilación de entrevistas y textos ocasionales concebidos por Vladimir Nabokov con la plena conciencia de que ningún documento salido de la escritura de un genio literario puede ser insignificante, chapucero o necio.
Nabokov no desaprovecha la oportunidad que le da la fama internacional conquistada por “Lolita” (“mi pobre niña”, como la llama, con tierno humor, en la entrevista de “The Paris Review”) para despacharse a gusto contra la mediocridad humana en todas sus facetas, desde las más mezquinas a las más sofisticadas, y mostrarse como un escritor plenamente consciente de las posibilidades de su medio artístico y un lector altamente crítico con sus colegas más encumbrados.
Se ha dicho a menudo que sus prejuicios reaccionarios (“todo lo que es malo para los rojos es bueno para mí”) trastornaron su juicio literario hasta volverlo ciego a cualquier talento situado a la izquierda del espectro político. Hasta donde yo sé, cuando celebra a grandes escritores (Wells, Borges, Robbe-Grillet, Tolstoi o Joyce, por citar los elogiados sin ambages), o cuando los execra (Faulkner, Brecht, Dostoievski, Forster o Sartre, por citar solo a los despreciados), lo hace con criterios estéticos que pueden ser discutibles, qué no lo es cuando se trata de preferencias subjetivas, pero nunca con el martillo de la ideología, como han hecho otros con rencoroso ahínco. Por decirlo sin merodeos: su anónimo desdén hacia literatos disidentes del régimen soviético no era menos contundente, por emplear el mismo calificativo del título, que su virulenta aversión al marxismo, las religiones organizadas o el psicoanálisis.
Un compendio como este, releído en otro contexto cultural y literario, merece que se espiguen en público algunas de sus sentencias más heterodoxas y provocadoras con el fin de demostrar su intempestiva actualidad. Desde el punto de vista político, en una situación presente donde vivimos entre el ruido mediático infinito, que apaga las voces originales y favorece a los mindundis, y la vigilancia policial de todos los discursos, no conviene olvidar la trascendencia ética del credo liberal a la antigua usanza defendido por Nabokov con vehemencia: “Libertad de palabra, libertad de pensamiento, libertad de arte. La estructura social o económica del estado ideal me importa poco”.
Contra la plaga sentimental que amenaza hoy más que nunca la inteligencia literaria y la creación narrativa exigente, por razones comerciales apenas disimuladas tras valores falsamente democráticos, sigue siendo un revulsivo intelectual este juicio inapelable: “Escribo sobre todo para artistas, compañeros y acompañantes del arte…el libro de un artista no se lee con el corazón (el corazón es un lector notablemente estúpido) ni con el cerebro solamente, sino con el cerebro y la espina dorsal”. Y da gusto verlo, en este sentido, defender con ardor el “Ulises” de Joyce: “la más lúcida de las novelas”.
En suma, quien busque en este memorable libro clichés literarios o perspectivas conformistas, una reivindicación de la novela mediocre, la carencia de ambición artística o el rechazo a los excesos del estilo y el pensamiento, que huya a toda prisa de sus intransigentes páginas y se refugie en las sábanas promiscuas de sus contemporáneos más timoratos.

viernes, 16 de junio de 2017

BLOOMSDAY (2): ULISES CUERPO A CUERPO


“But Joyce –a radical neither in the left wing nor the reactionary sense- was at least a populist and a plebeian. “I don´t know why the communists don´t like me”, he complained once, “I´ve never written about anything but common people.”

[“Pero Joyce, ni un radical de izquierdas ni de derechas, era al menos un populista y un plebeyo. “No sé por qué no gusto a los comunistas”, se quejó una vez, “si solo he escrito sobre la gente común”.]

-Fredric Jameson, “Ulysses in History"-


Para empezar a leer el Ulises de James Joyce convendría adoptar dos actitudes complementarias: bajarlo del marmóreo pedestal donde la espontánea tendencia humana a la sacralización de lo incomprensible y extraño lo habría aupado para olvidarse de él y recorrerlo de principio a fin con la libertad libidinal con que nos entretendríamos en las partes y zonas más estimulantes del cuerpo deseado. Desmitificación y fetichismo, contacto igualitario y pasional, me parecen, a estas alturas de la historia de la sensibilidad, las únicas vías recomendables para adentrarse en las densas páginas del mamotreto dublinés sin caer en el tedio ni recaer en la indiferencia: propuestas de una lectura “cuerpo a cuerpo” que deberían impulsar al lector solitario a refinar el goce sensorial de su relación tanto con el mundo y la vida como con la literatura y el arte.
Una lectura libre y gratificante de Ulises, en mi opinión, podría prescindir (solo en un principio) de los tres primeros capítulos de la novela (centrados en Stephen Dedalus, el “artista adolescente”) y comenzar directamente por el cuarto (titulado “Calipso” en el plan mitopoético original calcado de la Odisea), donde nos deslizamos entre las cálidas sábanas junto al cuerpo exuberante de Molly Bloom recién despertada y acompañamos a Leopold Bloom, ya levantado, en los preparativos de un suculento desayuno a base de riñones de cordero y otras entrañas animales. A partir de ese momento, saltándonos las páginas más fastidiosas como si jugáramos a la “rayuela” cortazariana, seguiríamos a este prosaico transeúnte en su odisea provinciana por la Dublín de comienzos del siglo pasado a lo largo de otro día intranscendente para verlo regresar de noche, tras múltiples venturas y desventuras, al mismo hogar y acostarse en la misma cama junto a la misma Molly, ahora desvelada y locuaz. Al final del largo viaje, ninguna novedad excepto la repetición y la banalidad. El eterno retorno de lo nimio, efímero y cotidiano. Sí quiero sí, dice la voluptuosa Molly, que no se mueve de la cama en toda la novela, aunque la cama sí lo haga cuando el verbo copulativo y la carne sudorosa se conjugan al compás de su ritmo cadencioso y lúbrico.
En este librote enciclopédico conviven sin estorbarse lo sublime y lo abyecto, la más alta inteligencia con la más baja pasión, el afecto instintivo y el conocimiento luminoso. Es el libro más humano, en todos los sentidos de esta expresión, que se haya escrito jamás, el documento excepcional de una cultura que lo sabe todo sobre sí misma y no da un paso atrás ni aparta la mirada espantada sino que se reconoce en ese espejo imaginario con todas sus taras, miserias y grandezas (de ahí que Jacques Derrida lo considerara, a pesar de todo, una máquina suprahumana del recuerdo, una suerte de memoria total de Occidente). El pico parlante de Joyce era verdaderamente de oro, pero donde picoteaba con su pico penetrante no relucía precisamente el preciado metal de los alquimistas medievales sino el excremento, la suciedad, la mugre y el desecho. Esteta del estercolero de la vida humana y verdadero dandy de la basura, como lo habría llamado Michel Tournier, Joyce escribió con Ulises la primera novela que es una gigantesca montaña de inmundicias, un Himalaya de humus, un vertedero elefantiásico de residuos y detritos milenarios donde la acción de las bacterias y los insectos facilitaría la lectura a retazos, en pos de los trozos más escocidos. Opus nigrum: de la negra noche del hombre y la mujer brota la luz de la afirmación material plena de vida. Ulises, con toda su expansiva obscenidad e irreverencia, grosería y prosaísmo a ultranza, representa la cima estética del arte vulgar y cómico que procede desde la antigüedad grecorromana hasta la era anterior a la televisión, cuando la vulgaridad y la estupidez se vuelven formas espectaculares y adquieren otro sentido más consentido.
Es un libro quizá demasiado humano para algunos, por eso no le ha casado nunca bien la divinización académica, y es el libro más verdaderamente democrático que quepa concebir. En cierto modo, si algún día hubiera en esta bendita, maldita tierra una forma de organización social digna de nuestros deseos y anhelos más profundos, libre de supersticiones y temores, injusticias y crímenes, Ulises sería su Biblia universal, el libro profano de la reconciliación utópica entre hombres y mujeres. Como escribe acertadamente Francisco García Tortosa en el prólogo de su última traducción al español: “Desde esta materialidad, amoral y pura, cabe forjar la estructura de un mundo social nuevo”. El sí quiero Sí de Molly Bloom, un rebuzno de gloria carnal y mundana (análogo al del asno de “La fiesta del asno” de Nietzsche en Así hablaba Zarathustra), actuaría entonces como vínculo de unión de este nuevo contrato social escrito con humor incomparable y expresado como un mandamiento libérrimo en el menos monótono y más femenino de los monólogos. Otra lectura más gozosa podría comenzar entonces por este extremo avanzado de la novela, como un bucle erótico y corporal: tomaría pie en los descuidados dedos y planta con que Molly acaricia en el recuerdo el miembro prominente de su amante Boylan para ascender, en sentido inverso, hasta la cabeza de la novela que es el cerebro privilegiado del inmaduro Stephen Dedalus en comunicación verbal permanente con el caótico cerebro del hombre medio Leopold Bloom.
Con razón afirmaba Fredric Jameson que la designación de cada capítulo de Ulises con el nombre de un órgano o miembro diferente del cuerpo humano constituía “uno de los logros filosóficos supremos del movimiento moderno, comparable a la invención kantiana de las categorías”. La presencia materialista del cuerpo y sus funciones menos presentables para una mentalidad puritana es una de sus cualidades más atractivas y, quizá, la que más lo aproxima a una mentalidad contemporánea, formada en las experiencias más avanzadas del cine y la literatura recientes y las artes plásticas. En este sentido, Ulises es un libro orgánico reconstruido con miembros trasplantados de toda la historia de la cultura y la experiencia humana; un cuerpo pulsional y expresivo que posee riñones (“Calipso”), corazón (“Hades”), pulmones (“Eolo”), esófago (“Lestrigones”), cerebro (“Escila y Caribdis”), sangre (“Rocas errantes”), oído (“Sirenas”), músculos (“El cíclope”), ojos y nariz (“Nausicaa”), útero (“Los bueyes del sol”), aparato locomotor (“Circe”), nervios (“Eumeo”), esqueleto (“Ítaca”) y carne hiperestésica (“Penélope”).
Así, esta correspondencia visceral configuraría un cuerpo simbólico nuevo, surgido del ensamblamiento prodigioso de cada parte a través de la diversidad de estilos y personajes, un organismo de fisiología decididamente incompleta y abierta a las mutaciones, una anatomía monstruosa o polimorfa que, como la huérfana criatura de Frankenstein, no debería horrorizarnos sino fascinarnos. Sólo nuestra lectura cómplice puede entregarle a Ulises la plenitud de un cuerpo vivo en el que abrazar a placer todo lo que le falta. Pues Ulises no es, en definitiva, sino la consumación lingüística de una problemática historia de amor entre la novela y la realidad.
Sí quiero sí, dirá también el lector afortunado, una vez más, al terminar de leerla. 

jueves, 15 de junio de 2017

BLOOMSDAY (1): EL SIGLO DE MOLLY BLOOM


James Joyce huyó de Dublín en compañía de Nora Barnacle durante la noche del sábado 8 de octubre de 1904. Había tenido su primera cita amorosa con Nora, dos años menor y camarera de hotel, el 16 de junio de ese mismo año. Ulises se publicó el 2 de febrero de 1922, día del cuadragésimo aniversario de Joyce. El exiliado Joyce lo había escrito entre Trieste, Zúrich y París a lo largo de siete años (1914-1921), y consagró más de 20.000 horas de trabajo febril a la odisea de su escritura. En recuerdo del dudoso encuentro de Joyce y Nora, la acción de esta novela enciclopédica transcurre entre las 8 de la mañana del jueves 16 de junio y las 3:30 de la madrugada del viernes 17 de junio de 1904. El gran fracaso de Joyce fue que Nora (una “Irlanda portátil”, según la cariñosa caracterización de su marido) nunca leyó más allá de la página 27 del libro. Sin embargo, todos los años desde 1954 y, con entusiasmo global, desde el año del centenario de su autor, en Dublín y en todas partes, los fanáticos del “fanático” Joyce (según la cariñosa caracterización de Nora) festejan en esta fecha señalada la existencia de esta novela fuera de serie. Mañana se cumplen 113 años de la fecha ficcional (y biográfica) origen del Bloomsday, el día más largo de la literatura, y estamos a menos de cinco años del centenario de la primera edición de la novela.


"Tampoco me parece que haya muchos enigmas en el Ulises, la más lúcida de las novelas".

-Vladimir Nabokov-


Es sabido que James Joyce se convirtió en el gran revolucionario de la novela moderna al contar la peripecia trivial y urbana de Leopold Bloom en diecinueve horas y media y dieciocho capítulos. La prolija narración de esas andanzas triviales se vuelve errática al vagar y divagar Bloom por las calles de un Dublín provinciano y pretérito, una ciudad tan abigarrada como maleable, que se metamorfosea en todas las grandes ciudades de la historia (Babilonia, Atenas, Alejandría, Roma, Jerusalén, etc.) sin dejar nunca de ser ella misma. Una urbe esplendorosa que, como Joyce se vanagloriaba, podría renacer intacta de entre las páginas del libro si fuera destruida por una catástrofe (como el México D. F. de Carlos Fuentes, el Madrid de Martín Santos, el París de Cortázar, La Habana de Cabrera Infante o el Londres de Julián Ríos, por citar en orden cronológico a los máximos exponentes hispánicos de la escritura joyciana). Ulises es, ante todo, un itinerario irlandés marcado por el exhaustivo avance de las agujas de un reloj narrativo que a cada hora cambia de capítulo y también de estilo. Un mecanismo de alta precisión descriptiva que recorre en el tiempo de una sola jornada y el espacio de una ciudad única los episodios de numerosas vidas malogradas y tristes, trayectorias que se cruzan por azar con otras trayectorias para configurar un mapa humano complejísimo e inagotable.
No en vano Nabokov señaló, con cierto pesimismo, que el posible tema de Ulises era el pasado irremediable, el presente ridículo y trágico y el futuro patético de Leopold y su mujer Molly Bloom, y de su amigo más joven, Stephen Dedalus. Todo incluido en las dimensiones tomistas (como descubrió Umberto Eco) de un día interminable. Así, Ulises no acaba nunca, o se reinicia en un final feliz que es el principio de otra novela y también de la misma, donde Molly Bloom, al despuntar el nuevo día y culminar su célebre monólogo, acepta vivir su vida de nuevo y casarse otra vez con Leopold, dando el más bello asentimiento al ciclo de una vida ya vivida y todavía por venir: sí quiero Sí.
La pantalla formal de la escritura joyciana, hecha por igual de alusiones culturales herméticas, retorcidos retruécanos y anotaciones realistas de una precisión pictórica o fotográfica, recubre una de las visiones del mundo y la vida más alegres y sugestivas de cuantas se han concebido. Lo que la literatura de Joyce representa en la historia es una experiencia ubérrima de escritura y de vida: una experiencia cosmopolita fundada en la fricción poética de la monogamia del idioma materno con la poligamia de las lenguas y las culturas del mundo. La tradición de Joyce se remonta al origen de la cultura y recorre toda la tumultuosa historia humana: una literatura que exalta y festeja la comicidad y el placer de la existencia material y se ríe de la imagen de seriedad que hombres y mujeres se imponen constantemente como deber moral, ligado a un absurdo deseo de trascendencia para ellos y sus insignificantes actos.
El proyecto artístico de Joyce consistió en meter al hombre y a la mujer de cuerpo entero en el estrecho molde verbal de la novela. Molly Bloom, inspirada en Nora Barnacle, es la mujer que se expresa con mayor libertad y menor corrección (también gramatical, como su modelo biográfico, propenso, como se sabe, a la obscenidad epistolar) en la historia de la novela occidental. Por eso Molly Bloom, mestiza, expansiva y desinhibida, sigue siendo la heroína indiscutible del siglo XX. Una estimulante mujer de treinta y cuatro años, gibraltareña hija de irlandés y judía andaluza, una mezcla mental y física explosiva. La suya es una voz femenina en plenitud de facultades que confiere cuerpo expresivo a sus pasiones y deseos más elementales, sin cortes ni censuras. El mejor antídoto ético y estético contra el paradigma anoréxico y constreñido que amenaza a la mujer actual en todos los órdenes. En literatura, habrá que esperar a las autoficciones radicales de Kathy Acker para que un avatar aventurero de Molly Bloom, revestida la piel por entero de tatuajes provocativos y cabalgando motocicletas de potente cilindrada, haga del sexo transversal una seña de identidad múltiple y rompedora de tabúes.
Para recuperar la vitalidad perdida a lo largo de las últimas décadas, la cultura literaria del siglo XXI debería festejar el Bloomsday bajo el signo equívoco y excesivo de Molly Bloom, la dominatrix de lo real.