domingo, 26 de febrero de 2017

LOS HERMANOS MARX EN LA HABANA



[Guillermo Cabrera Infante, Tres tristes tigres, Seix-Barral, págs. 540]

“Tres tristes tigres” cumple cincuenta años y aún no encuentra todos los lectores que merece la revolución emprendida en sus páginas. Una revolución literaria que comienza con el lenguaje y el modo de representar la realidad y termina en la transformación cómica de la actitud del lector ante la vida, la cultura y el poder.
Por una vez, convendría comenzar a leer esta novela extraordinaria por el final. Pero no por el final estricto sino por el revés de la trama, en pos de la presencia oculta entre sus páginas durante años: la mirada aviesa del censor que obliteró zonas erógenas del libro a través de sus incisivos informes (incorporados con acierto en esta edición conmemorativa). Palabras o frases amputadas que  aludían, en especial, a los rotundos pechos femeninos, cuya desinhibida omnipresencia perturbaba el sueño casto del censor, o expresaban opiniones irreverentes en materias tan peligrosas como la religión, la política o el sexo. Leída con los ojos del censor, esta novela realiza un gesto tan insolente para la España franquista como para la Cuba castrista, demostrando una de las tesis más atrevidas del autor: la represión libidinal como fundamento de todo autoritarismo y el humor como arma eficaz contra la fúnebre seriedad de todas las dictaduras, ya sean de izquierdas o de derechas.
Comparada con otras novelas coetáneas, “TTT” se revela la de discurso más audaz. Esta audacia no radica solo en el lenguaje o la representación sensorial de una realidad provocativa y sugerente como la Habana prerrevolucionaria, sino, sobre todo, en su innovadora construcción novelística. Cabrera Infante desmontó los planos de esa realidad asimétrica en tantos estratos que su reconstrucción posterior, mezclándolas al ritmo de una prosa musical arrebatadora, no podía sino causar asombro y fascinación. Y es que el discurso de “TTT” daba un paso más allá al involucrar literatura y vida en un mecanismo mimético saboteado por la ironía y la comicidad, los juegos verbales, el ingenio desbocado, los ejercicios de ventriloquía, las parodias literarias y los exorcismos de estilo.
Un error frecuente entre especialistas consiste en insertar esta novela fabulosa en una supuesta tradición cubana, desvinculándola de la corriente carnavalesca de la antigua sátira menipea que desemboca en Joyce, Flann O´Brien o Raymond Queneau, pasando por Rabelais, Cervantes, Sterne, Carroll y Machado de Assis. En este sentido, el gran logro del libro reside en su polifonía narrativa. Exceptuados el “Prólogo” y el “Epílogo”, donde cobran voz el maestro de ceremonias del cabaret Tropicana y una loca en un parque para expresar, respectivamente, la entrada teatral en un mundo de ficciones sociales y una salida a través de la locura de una situación imposible, y “Los debutantes”, donde aparecen vibrantes voces femeninas, los capítulos restantes se organizan, sobre todo, en torno de las voces masculinas de los singulares “tigres” protagonistas (Silvestre, Arsenio, Eribó, Códac, Bustrófedon) y los relatos de sus hilarantes andanzas por una Habana que se transfigura en un laberinto lúdico de encuentros y desencuentros carnales.
A menudo se han privilegiado capítulos concretos sobre un todo narrativo que siempre fue percibido, por la crítica más conservadora, como caótico y fragmentario. Es comprensible que, entre todos los capítulos, la serie “Ella cantaba boleros”, donde se narra la historia truncada de La Estrella, una cantante de cualidades hiperbólicas, deslumbre con su descripción excesiva y sentimental del submundo nocturno de clubes y cabarets. Por otra parte, “La casa de los espejos”, sobre el encuentro en dos tiempos del narrador con dos modelos cubanas cuyo desparpajo verbal sólo es superado por su exuberante belleza y artificio cosmético, es uno de los textos más complejos y técnicamente impecables de cuantos escribiera Cabrera Infante.
Pero “TTT” no sería una ficción suprema sin esa “Bachata” final que funciona como cuadratura espectacular de la trama caleidoscópica. Un alucinante viaje en coche por La Habana, durante una tarde y una noche que se prolongan hasta el amanecer tropical, de dos amigos (Silvestre y Arsenio) que tienen demasiadas cosas que contarse y otras tantas que ocultar, lo que da lugar a uno de los diálogos más digresivos y divertidos de la historia de la literatura, mientras desfilan, interminables, los bares, las amigas, los chistes, las bromas, las confidencias, los recuerdos, las alusiones, con la tristeza como ruido de fondo de todo el humor y la alegría desplegados. La tristeza por una juventud cuyo esplendor se desvanece sin remedio y por una ciudad fastuosa que, después de la revolución, no volverá a ser la misma.
Sin esa nostalgia y esa melancolía por el tiempo perdido, el sentimiento cómico de la vida que transmite esta novela excepcional no tendría el mismo efecto explosivo. Un cóctel efervescente y tóxico. 
[Por si fuera poco, Tres tristes tigres, además de constituir una revolución literaria y cultural desarrollada desde el español pero no limitada ni constreñida por las lindes mentales de este ni de su cartografiado territorio, consuma con maestría esta inteligente idea de Umberto Eco: “La ficción tiene la misma función que el juego”.]

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