miércoles, 1 de febrero de 2017

TRAMPANTOJO


Mi columna de ayer en medios de Vocento.

Los primeros diez días de Trump estremecen al mundo e indignan a muchos americanos.

Estados Unidos es un país fracturado. Ahora mismo, en un mundo alternativo, Hillary Clinton está en el despacho oval firmando decretos en serie ante las cámaras de televisión con una sonrisa beatífica y tomando decisiones trascendentales para el futuro de la humanidad. En el mundo real, en cambio, tenemos al bravucón de Trump, sin caretas ni afeites desodorantes, empeñado en demostrar que puede superarse y cumplir con creces, a un ritmo agotador, las peores promesas de la campaña. Se ha quitado la piel de cordero con que nos engañó durante el período de presidente electo y está dispuesto a llevar hasta las últimas consecuencias la broma infinita que sus votantes le gastaron a la democracia.
El doble mandato de Obama debió de ser tan anodino que millones de patriotas, para disipar el sopor, decidieron inyectarse en vena una sobredosis de testosterona. No se ha visto una actuación igual desde los tiempos de John Wayne en el viejo oeste americano. La parodia es un género ambiguo que puede volverse contra quien la practica sin preservativo. Meter a un bromista de esta envergadura en la Casa Blanca es un juego muy peligroso.
En el Kremlin se frotan las manos creyendo que han infiltrado en Washington al candidato de Siberia, un agente triple a quien activar cuando les convenga a fuerza de chantajes. En Moscú nunca entendieron el humor negro americano ni pillaron sus chistes vulgares. Por eso, entre otras cosas, perdieron la Guerra Fría. Estos rusos ingenuos siguen sin aprender. Con o sin lluvia dorada, cuando una marioneta cobra vida suele reclamar su parte del pastel. Y la marioneta llamada Trump no es un juguete en manos de sus enemigos sino un juguetón con ganas de bronca, un títere de su propia voluntad de poder, y no le gusta nada que otros le tiren de los hilos. Prefiere entrometerse en las partes más rosadas o sonrosadas de sus adversarios ideológicos y salirse siempre con la suya.
No conviene olvidar que Trump ha pagado un precio muy alto por estar donde está. Antes de meterse en política, con afán de revancha, Trump era ese magnate omnipotente que vivía en la cúspide de una torre neoyorquina desde la que cada día, tras levantarse de la cama vigorizado por la tanda de polvos matutinos, contemplaba la gran ciudad tendida a sus pies como una esclava sexual sintiéndose el rey del mundo. Ahora lo es sin paliativos, pero para realizar su fantasía ha debido rebajarse a vivir más cerca del suelo demócrata en una mansión decimonónica repleta de gente ocupada y preocupada por los hábitos del nuevo inquilino.
Por lo visto hasta ahora, la pesadilla promete ser interminable. Cuando los americanos despierten, el trampantojo de Trump todavía estará allí, como el dinosaurio del cuento, para recordarles qué caros se pagan los antojos.